Tragos y vinilos
Por JORGE SAGRERA
Ahora tiene los brazos en forma de cruz. Echado de espaldas sobre la arena fina y fresca. Observa esas extremidades largas. Por turnos. Despacio las recorre: un desperezamiento de la mirada. Un bostezo de los ojos.
Es celeste todo, pero aún no ha salido el sol. Mejor: el entrecejo, leve, acusa el Tom Collins de la noche anterior, o de esta madrugada. Cierra los ojos. El balbuceo del Mediterráneo. Unas gaviotas madrugadoras. El sabor a sal en sus labios que, reconoce, no están partidos.
Sonríe, celebra ese escote de felicidad que se le ofrece. Entorna los ojos.
—Bienvenido —dice Cleveland.
La voz humana, que le llega alta desde la coronilla, lo sorprende: habría asegurado que otra vez estaba solo. Más lo sorprende la cadencia de esa voz. Sin abrir los ojos todavía, como saboreando el regalo de esa compañía, dice:
—¿Joan Baez?
La mujer se sienta en cuclillas.
—Sos muy gracioso.
Él abre los ojos.
—¿Soy un náufrago? ¿Estoy solo en esta isla desierta con vos?
—No lo creo.
Cleveland lleva una musculosa blanca y un short de jean.
—Parecías Jesús con los brazos así.
—¿El barman?
—Tonto.
—He pagado con creces mis cruces.
—Casi fui a buscar la Polaroid para sacarte una foto.
—Me habría despertado ese chasquido.
—No importa, la imagen lo valía.
—¿Y por qué no fuiste?
—Consideré que podría no encontrarte a mi regreso.
—Mmmm… ¿Ya me he ido alguna altra vegada?
—A vos no te importa mucho la gente, ¿no?
—No digas eso, Desirée.
Ella lo mira con fingido odio.
—Suelo equivocarme con los nombres de las personas: tengo que averiguar de dónde me viene ese gusto.
Cleveland cambia de postura, se sienta en forma de loto. Séptimo se incorpora sobre uno de los codos. Parece el Adán de Miguel Ángel.
—Caín mató a su hermano Abel.
—¿Eh?
—De puro celoso nomás. Luego, pareciera que Dios siente predilección por él.
—¿Por Abel?
—Por Caín. Entiendo que a Dios le gustan los revoltosos: Caín, David, por ejemplo. Voy a confeccionar una gran lista un día.
—No sé: No he leído mucho.
—Sí, ya sé: tu religión es la música, lo dijiste anoche.
—¿Lo dije?
—Como si lo hubieras dicho: eras la Eva de los músicos.
—¿Sos músico también?
—Tendría que probar.
—¿Qué día es hoy?
—No sé. Miércoles.
—¿Y la hora?
—Alrededor de las seis y media.
—Hay un nacimiento de mellizos en este momento.
—Es muy posible: el mundo es así.
—Y si es miércoles, ¿por qué anoche salimos de fiesta?
—Estamos en Ibiza, Séptimo.
—Claro, sí. Y Mallorca debe estar a tiro de honda, ¿no?
—Todo lo que puede hacer un Tom Collins.
—De hondero balear.
—¿Seguiste tomando?
—Me gusta hacerte enojar. Me gusta tu cara, tu cuerpo se afibra.
—Estás diciendo cualquier cosa.
—No juzgues los pelos de la nariz de tu semejante si hace días que no te mirás en el espejo.
Séptimo se pone de pie. Amanece. Ella desarma el loto sobre la arena.
—¿No vas a vestirte? —dice Cleveland desde ahí abajo.
—¿Estoy desnudo?
—Completamente.
—Después de tanto andar, ha llegado hasta mí una de las pesadillas de la niñez: estar desnudo en público.
—¿Hubo alguna otra?
—Sí, que me persigan y no poder cerrar la puerta por un poquito así.
Séptimo mira hacia el parador.
—Tengo sed.
—Te tomaste el Tom Collins como si fuera coca cola.
—Lo único que recuerdo de mi vida anterior es que pregunté si el gin era de Menorca.
—Allá hay un parador, pero debe estar cerrado.
—Ante mi presencia se abren, aguas del Mar rojo, todas las puertas.
— ¿Y la camiseta que tenías puesta anoche?
—¿La tenés vos?
—No. Tenía una leyenda que decía: Breaking the rules.
— ¡Ah, me encantó! Dónde habrá quedado.
—La camiseta no sé: me regalaste un libro anoche. Y lo tengo.
—¿Sí? ¿De mi biblioteca personal? ¿Autor?
—Te estás divirtiendo a mi costa.
—Ah… podría ser mejor en tus costas, empezar por ellas y luego avanzar lentamente territorio adentro.
—Continente a descubrir.
— ¿Era francés el autor? ¿Ruso?
— ¡Es un libro tuyo!
—¡Ah!
—Me gustó la actitud de ese muchacho que se ganó diez tragos.
—No debía haberlos rechazado.
—Bueno, no hizo eso: solo aceptó dos.
—Todos se le reían.
—No, no todos. Este muchacho me hizo acordar a uno al que primero le dieron el castigo, y luego le permitieron cometer la falta. Y el tipo dice: Bueno, estuvo dulce de esa manera.
—¿Sos cura vos?
Séptimo sonríe.
—No sé, no ahora.
—A Ibiza está viniendo de todo.
—Cualquier cosa, digamos.
—Sí, así es, digamos.
—¿Vamos a Palma?
—¿Por? ¿A qué?
—A ver la Seu: quiero ver la catedral. ¿Me acompañás?
— ¿A quién acompañaría?
—Jimi Hendrix toca en Sargent Pepper.
—Cuándo.
—El jueves. Mañana.
—Falta mucho.
—Sí, sin duda. Y qué plan tenemos para hoy, Cleveland.
—We have no plan.
Séptimo le tiende la mano como Dios en La creación de Adán, de Miguel Ángel.
—Vení —dice—. Vamos a buscar agua, tengo sed.
Autor
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Jorge Luis Sagrera nació en San Pedro, Buenos Aires, Argentina. Es Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Rosario.
Escribe cuentos, novelas, poesías, guiones de cine, ensayos y géneros periodísticos. Es coaching literario y dicta talleres de escritura creativa desde hace treinta años. Es director del sello Arenz & Antich, Editores, y cofundador de Despunte, una revista digital de Arte y Literatura contemporánea.
Su novela El talón de Esaú, obtuvo el primer premio del Fondo Nacional de las Artes, su libro de cuentos, El ojo del ciclón, consiguió una mención en el mismo organismo.
Malvinas 1982-1998, cuyo guion documental escribió, alcanzó el Primer Puesto en la categoría 3 de los Premios ATVC (Asociación Argentina de televisión por cable).
Su libro de poemas Poemas para Loli Dostoievski, ganó el Primer Premio en el IV Certamen Nacional e Internacional Ediciones El Escriba.
La novela Un saltamontes en Katmandú ha sido traducida al inglés (Grasshopping around Kathmandu) y, del mismo género, Regreso a la ca(u)sa del padre, al catalán (Tornada a la ca(u)sa del pare).
Lleva 24 libros publicados.
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