"Quedo Yo"

Por Gloria Dixit
Hay escenas que envejecen como una herida: no cierran, apenas cambian de color. En Luna de Avellaneda, Román abre una caja perdida en el garaje y encuentra, entre yoyós y trenes de juguete, su carné de socio vitalicio. Lo mira como quien mira una fotografía de un país hundido. Afuera, el club ya fue votado: 33 manos decidieron que el futuro debía parecerse a un negocio. Pero adentro, en ese instante mínimo, todavía sobrevive otra cosa. Una pregunta. “¿Cómo se hace un club nuevo?”. Tal vez ahí esté el verdadero centro de la película: no en la nostalgia por lo perdido, sino en el temblor obstinado de aquello que, incluso después del derrumbe, insiste en quedarse. Las ruinas también pueden ser un punto de partida. “Quedo yo”, entonces, se asemeja a una invitación.

En la última escena de la película Luna de Avellaneda se lo ve, y escucha, a Amadeo (Eduardo Blanco) entonando «Down on the Corner», de Creedence. Esta escena muestra el asado de despedida de Román (Ricardo Darín) y su familia, que han decidido emigrar a España.

La película, ambientada en el 2000, cuenta la historia de un club de barrio que gozaba de gran esplendor en los ’60 y que ahora, en la actualidad de la película, se encuentra casi en ruinas y con una deuda con el municipio imposible de pagar.

La escena de la asamblea, en la que se decide el destino del club, es de colección (https://youtu.be/T7vTLaltIqI). Ahí, Alejandro (Daniel Fanego), propone privatizar el club para salvarlo. Román, que se opone a esta propuesta, apela al pasado de oro del club y del barrio, al valor de lo que significa una institución como lugar de encuentro y de vida de vecinos y amigos, algo “que no tiene valor monetario”. Sobre un puñado de socios presentes: 59, se impone privatizar (26 por el No, 33 por el Sí).

A la escena del asado, le sigue la de Román en el garaje buscando una valija. Está en una estantería, bien arriba. Román tira de la valija que zafa y arrastra una caja que estaba encima. Son sus juguetes: Dos yoyos Russel, un cohete, autitos, una vía, un tren. Entre el cohete y uno de los yoyos encuentra su carné de socio vitalicio del club Luna de Avellaneda. Román levanta el carné, lo abre.

Hay cierta sacramentalidad en sus gestos. Se observa así mismo en esa foto de niño y se conmueve. Entra Amadeo y lo encuentra en ese estado de éxtasis y emoción. Román lo mira y dice: “¿Cómo se hace un club nuevo?”.

Hay aquí, me parece a mí, una cierta epifanía. Un mensaje de esperanza, que habla de ir recuperando. El entusiasmo y el gozo que significa la vida en comunidad.

Y también la película habla de otras cosas: La Biblioteca de Alejandría, la más grande del mundo en su época, fue incendiada; el Primer Templo de Jerusalén, construido por el rey Salomón, fue destruido por los babilonios. Luna de Avellaneda habla de no aferrarnos a las cosas, a los edificios, a las estructuras.

En Vivir, amar y aprende«, Leo Buscaglia escribe: ¿Recuerdan a Medea, la de la tragedia griega? En esa notable obra, cuando todo se ha perdido el oráculo le pregunta: «Medea, todo ha sido destruido, ha desaparecido todo, ¿qué es lo que queda?» Y ella responde: «Quedo yo.»

Quedo yo.

Autor

  • Gloria Dixit nació en Balcarce, Argentina. Actualmente vive en San Pedro. Antes transitó y vivió algunos hitos de la década de 1960. Estuvo, entre otros sitios, en los EE.UU. con los beatniks (1966), y en París, en plena efervescencia del Mayo francés (1968). Hoy se dedica a meditar, escribir y a conversar con la gente en las márgenes del río Paraná.

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