¿Dónde estarás Havva Font?

Por Nuestro Informante
Un antiguo agente de los servicios secretos recuerda a la única mujer a la que, tal vez, amó. Entre identidades falsas, protocolos de silencio y ecos del Génesis, descubre que la obediencia jerárquica puede ser una forma devastadora de traición a sí mismo.

@Snowden (2016)

Ella me conoció bajo el alias: Adán y así me siguió llamando. Fue uno de los tantos alias que sobrevivieron en el recuerdo. Los nombres verdaderos son (eran, puesto que ahora estoy retirado) un lujo incompatible con nuestro oficio. Los enterrábamos antes de cada misión y, con suerte, los recuperábamos al regresar. Al comienzo, quiero decir en mis primeras misiones, tenía una especie de jet lag de nombres.

Ella tampoco nunca dijo cómo se llamaba. Tampoco recuerdo el alias que ella portaba en aquella misión en la que coincidimos por primera vez. Yo la llamé Havva Font. Havva, por la primera mujer, la fuente de la vida; Font, porque todo en ella parecía brotar de un lugar inaccesible.

Dormíamos juntos cuando nos destinaban a la misma operación. Era un protocolo no escrito: dos cuerpos descansan mejor si fingen que no tienen historia. Al amanecer cada uno volvía a ser un expediente clasificado. Ninguna pregunta. Ninguna promesa. Ningún futuro.

Los servicios secretos enseñan muchas cosas. Cómo fabricar una identidad. Cómo sostener una mirada mientras se miente. Cómo desaparecer sin dejar una sombra. Lo único que nunca enseñan es a retirarse de alguien antes de empezar a quererla. Tal vez, amarla.

@El topo (2011)

La última misión fue también la última noche. Recuerdo su cadera asomando entre las sábanas. Un horizonte desnudo. La contemplé como quien observa una frontera que sabe que no debe cruzar. Ella dormía de espaldas, o fingía dormir. Yo permanecía despierto, incapaz de distinguir si lo que me mantenía en vela era el peligro o la culpa.

Habíamos discutido horas antes. Felicité a una superior delante de todos, ignorando una guerra silenciosa que llevaba meses desgastando a Havva Font. En cualquier otro trabajo habría sido una torpeza. En el nuestro, las torpezas siempre tenían consecuencias.

Pensé entonces en Adán, en aquel del Génsis. Nunca entendí que entregara a Eva con tanta liviandad: “La mujer que me diste…”. Durante años desprecié aquella voz del primer hombre. Después descubrí que el miedo habla con la misma voz en todos los siglos. Cuando uno teme perderlo todo, el amor es lo primero que sacrifica.

Quizá el Creador no tomó una costilla. Quizá tomó una cadera, ese punto exacto donde el cuerpo parece prometer refugio. Tal vez por eso seguimos buscándonos de perfil, intentando reconocer en otro la parte que nos falta.

Yo no la protegí. Tampoco la traicioné. Hice algo peor: obedecí. Los espías confundimos durante demasiado tiempo la lealtad con el silencio. Hay órdenes que siguen ejecutándose muchos años después de haber sido pronunciadas.

Ahora, como dije antes, estoy retirado. Mi expediente duerme en un archivo que nadie abrirá. A veces despierto antes del alba convencido de que debo memorizar una matrícula, cambiar de tren o quemar un mensaje. Luego recuerdo que la misión, mi misión, terminó ya hace varios años.

Lo único que permanece activo es la memoria. Y la memoria, a diferencia de los servicios secretos, nunca desclasifica del todo sus documentos.

A veces cierro los ojos y todavía veo aquella cadera asomando entre las sábanas como el primer amanecer luminoso del mundo.

Y entonces me pregunto: ¿dónde estará Havva Font?

¿Dónde estarás Havva Font?

@Black Bags (2025)

@Las imágenes de películas son ilustrativas.

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