El dramaturgo al que nunca llegué a conocer

Por Gloria Dixit
En el París convulso de 1968, una función de teatro cambió el rumbo de mi viaje, me “invitó” a ir Polonia, al encuentro del autor de esa obra para hablarle de mis manuscritos. Mucho tiempo después, el mundo terminaría conociéndolo por otro nombre.

Mayo francés (1968)

Como sabéis yo había viajado a Francia para vivir de cerca los acontecimientos del Mayo Francés: “La imaginación al poder”, “La poesía está en las calles” y otras consignas efervescentes. Tenía 28 años, manuscritos bajo mi brazo y cierta movilidad: había cobrado por anticipado mi herencia (como el hijo pródigo del Evangelio). No dilapidé el dinero, pero, como diría Henry David Thoreau: “Quería vivir en profundidad y extraer toda la médula de la vida… y no descubrir, en el momento de morir, que no había vivido”.

Como mi bolsa iba menguando busqué trabajo. Encontré trabajo y a Xisco, un mallorquín, que había fondeado en París: había ganado una beca para practicar en un restaurante de La Cité, pero cuando la onda expansiva de los disturbios lo alcanzó, lo destinaron al puesto de bachero o steward, como lo prefiráis. Así nos conocimos.

Una noche (una noche, ciertamente luego, definitiva), después del trabajo, le propuse a Xisco ir a un teatro underground.

Han pasado casi sesenta años y todavía puedo verme en aquel antro bajo la tierra de París. En medio del estruendo, cuando en las calles se discutía el mundo, sobre un tablado diminuto, una mujer intentaba vender su alianza de boda.

 

INTERIOR – BAR TEATRO – NOCHE

El lugar está ambientado como una joyería. La mujer frente al joyero.

 

JOYERO

¿Por qué quiere venderlo?

 

MUJER

Mi esposo…

mi esposo no regresó del frente y…

Yo necesito dinero.

 

El joyero recibe el anillo y lo coloca en el plato de la balanza.

 

JOYERO

Este anillo no pesa nada,

la aguja no se mueve de cero

y no consigo hacer que muestre siquiera un miligramo.

(Mirando ahora a la mujer.)

Su marido debe de estar vivo, en cuyo caso ninguno de sus anillos, tomados por separado,

pesará nada. Solo juntos registrarán algún peso. Mi balanza de joyero tiene esa peculiaridad, 

la de pesar no el metal, sino todo el ser del hombre y su destino.

 

Se bajan las luces y se cierra el telón. Se oyen algunos aplausos.

 

Recuerdo el silencio. No el del público, sino el que dejó el joyero después de decir que aquel anillo no pesaba nada, porque el amor no podía medirse por separado. “Solo juntos registrarán algún peso”, dijo. Pensé que nadie podía escribir de esa manera si antes no había aprendido a escuchar el alma de los demás.

Cuando terminó la función pregunté quién era el autor.

Karol Wojtyła, me dijeron, es un sacerdote polaco.

Karol Wojtyla actuando.

Un sacerdote que escribía teatro como quien abre una ventana en mitad de una habitación cerrada. Me enamoré de su dramaturgia antes de conocer su cara. “¡Quiero conocerlo!”, le dije a Xisco. Él no quería acompañarme, dijo que Polonia era un lugar agitado (se estaba gestando lo que luego dio en llamarse La Primavera de Praga). Yo le solté mi inocencia, mi arrogancia y la consigna que habían tomado para sí los beatniks: “Piedra que rueda no cría musgo”.

 

Casi sin mirar atrás y sin decir adiós, así era yo en aquella época, partí hacia Cracovia en mi Citröen 2CV.

 

Nunca llegué.

 

El accidente ocurrió en una de las tantas curvas de la ruta. Podríamos decir que un mal volantazo me quitó del camino.

 

Estuve a punto de perder mi ojo izquierdo. Durante el largo tiempo de recuperación (Xisco me llevó a Palma), anidé la certeza de que los caminos son oportunidad y elección permanente (lección permanente).

 

Luego, la vida siguió haciendo en mí lo que mejor sabe hacer: bifurcarse. Años después, en 1978, estando a la espera vi por televisión la fumata blanca y, luego del “¡Habemus Papam!”, escuché un nombre… Karol Wojtyła. ¡Karol Wojtyła!, no podía creerlo. Ya no era el dramaturgo polaco al que alguna vez quise mostrarle mis manuscritos, ahora era Juan Pablo II.

 

Sonreí. No por el Papa, sino por la muchacha que fui. Esa chica que estaba convencida de que bastaba echarse a andar para cambiar una vida. Tal vez no estuviera tan equivocada. Hay viajes que se hacen y otros que permanecen para siempre en estado de promesa.

 

Hoy vivo junto al Paraná. El río enseña que sus aguas también llegan al mar, aunque encuentre un obstáculo. Simplemente cambia de cauce.

 

Estuve a unos pocos kilómetros de conocer al hombre que terminaría hablándole al mundo entero. Me corrijo: sí lo conocí. Lo conocí en sus palabras, en aquel joyero que pesaba destinos humanos en vez de oro. Hay encuentros que suceden antes de mirar a los ojos y otros que sobreviven, precisamente, porque nunca ocurrieron.

 

Mientras este afluente del Paraná se despereza tranquilo en esta mañana de agosto, sigo escribiendo. Sigo recordando y tomando notas para conversar, aunque sea con décadas de retraso, con todas aquellas personas que el azar decidió dejar al otro lado del camino.

Citroën 2 CV

Autor

  • Gloria Dixit nació en Balcarce, Argentina. Actualmente vive en San Pedro. Antes transitó y vivió algunos hitos de la década de 1960. Estuvo, entre otros sitios, en los EE.UU. con los beatniks (1966), y en París, en plena efervescencia del Mayo francés (1968). Hoy se dedica a meditar, escribir y a conversar con la gente en las márgenes del río Paraná.

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