Gummo
Por NORMAN JEANE
Pinta tu aldea… aunque huela a pegamento y gato muerto
Tolstói escribió aquello de “pinta tu aldea y serás universal”. Harmony Korine agarró la frase, la metió en una bolsa de basura empapada en cerveza caliente y la lanzó directo a Xenia, Ohio.
Porque hay aldeas que no parecen aldeas sino heridas abiertas. Lugares donde el desastre no termina cuando pasa el tornado, sino cuando todos aprenden a vivir entre los escombros. Gummo (1997), la primera película de Korine, no retrata la pobreza: la mastica, la escupe y luego se queda mirando el charco.
Y aun así —o precisamente por eso— termina siendo universal.
Bienvenidos a Xenia (No traigas esperanza)
El pueblo quedó destruido años atrás por un tornado. Pero el verdadero desastre vino después. Lo que vemos son adolescentes cazando gatos para venderlos, niños inhalando pegamento, familias descompuestas como electrodomésticos abandonados en la calle y personajes que parecen existir en una dimensión donde el futuro ya fue cancelado.
Por ahí aparece Bunny Boy: orejas rosas, calzoncillos mugrientos y la expresión vacía de alguien que lleva demasiado tiempo caminando entre ruinas. Más que un personaje, parece el espíritu del pueblo. Un fantasma ridículo y triste atravesando baños públicos, puentes y casas donde siempre hay una televisión encendida y nadie escuchando.
En Gummo no existe la estructura clásica ni la redención. No hay moraleja ni aprendizaje. Korine no quiere salvar a sus personajes; apenas quiere observarlos. Y esa es justamente la incomodidad de la película: la cámara nunca aparta la mirada.
No hay sentimentalismo. No hay denuncia subrayada con violines. Solo mugre, ruido y silencio.
La belleza enferma del realismo sucio
Cuando se estrenó, muchos la odiaron. La crítica habló de provocación vacía, de basura pretenciosa, de cine hecho para incomodar adolescentes sensibles. Y sí: Gummo incomoda. Pero no porque quiera escandalizar, sino porque se atreve a mostrar una América que normalmente aparece fuera de cuadro.
Korine filmó con estética de video casero, cámaras en Super8, actores no profesionales y escenas que parecen recuerdos encontrados dentro de un refrigerador roto. Todo se siente accidental, como si alguien hubiera dejado grabando una cámara en el peor lugar posible.
Pero debajo de ese caos hay una intuición poderosa: la fealdad también merece ser retratada.
Ahí es donde Korine conecta con Tolstói. Ambos entendieron que lo universal no nace de la perfección, sino de la honestidad. La diferencia es que Tolstói miraba campesinos rusos; Korine mira adolescentes blancos, pobres y perdidos escuchando black metal en habitaciones húmedas.
Y aun así, los dos hablan de lo mismo: gente intentando sobrevivir.
La rebeldía de no limpiar la imagen
Hoy todo quiere verse bonito. Incluso la miseria viene con filtros beige y fotografía “indie”. Gummo hace exactamente lo contrario: ensucia la pantalla hasta volverla casi táctil.
Korine no construye postales. Hace autopsias.
Filma cuerpos sudados, dientes torcidos, paredes húmedas, comida fría, conversaciones absurdas y habitaciones donde parece imposible respirar. Y en esa acumulación de imágenes deformes aparece algo extrañamente humano.
Tal vez esa sea la verdadera provocación de Gummo: recordarnos que hay vidas en el cine eliminadas durante el montaje.
Gummo no quiere gustarte, Gummo quiere perseguirte.
Sales de ella sintiendo que alguien te dejó basura debajo de las uñas. Porque Korine entendió algo esencial: si miras tu aldea sin maquillaje, sin nostalgia y sin pedir permiso, quizá termines diciendo algo verdadero.
Aunque huela mal.
Aunque nadie quiera verlo.
Aunque parezca una película encontrada dentro de un contenedor oxidado en mitad de Ohio.
Al final, pintar tu aldea nunca fue hacerla bonita. Era atreverse a mirarla de frente.
Ficha técnica
Título: Gummo
Director: Harmony Korine
Guión: Harmony Korine
Año: 1997
Duración: 89 minutos (1h 29min)
Formato: 35mm
Idioma: Inglés
País: Estados Unidos
Autor
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Norman Jeane es escritor de haikus y un poeta experimental, su voz se desliza por el filo del surrealismo desde las sombras del underground literario. Algunos de sus poemas fueron publicados en la antología Aki No Koe (España, 2021). Transgresor por instinto más que por estilo, aporta una mirada distinta sobre el arte y el cine desde su trabajo en la revista Despunte.
