Entrevista a Helena Gigena:
la alquimista del bosque
Por Revista Despunte
Tolstói, ese viejo barbudo que terminó sus días arando la tierra, repetía una frase que suena a consejo simple: “Pinta tu aldea y serás universal”. Pero no hay nada ingenuo ahí. Pintar la aldea no es hacer una postal; es excavar en lo propio hasta dar con lo que duele, lo que brilla, lo que respira. Mirar el patio trasero —hongos, óxido, secretos a media luz— y no apartar la vista hasta haberlo contado todo. Helena Gigena, artista plástica y orfebre uruguaya, lleva quince años en ese gesto. Su aldea no es un lugar fijo, sino una constelación: talleres en Montevideo, bosques de Minas, una residencia en Portland (EE.UU.), donde inventó su técnica de películas de tinta acrílica sobre textil. Su obra —a medio camino entre joyería y pintura— huele a tierra mojada y a metal vivo. Aldeana, sí. Y por eso, universal. Ganadora del tercer premio en el Premio Nacional de Artesanía 2022, y parte de encuentros como Únicas, Helena no ha dejado de tensar los bordes entre disciplinas. Su muestra más reciente, “Déjate ver… en la inocencia del bosque” (2024), condensa esa búsqueda: bosque, infancia, memoria. Otra vez la aldea. Otra vez el mundo mirándose en ella.
RD: Helena Gigena, ¿cómo se ha ido construyendo —y también desarmando— tu recorrido como artista plástica y orfebre?
HG: Construcción y desarme me llevan a comienzos y transformaciones. No tengo claro cuándo —o si— hubo un inicio. Tal vez en mis primeros dibujos en el jardín, en las idas al teatro, al circo, a la danza cuando era niña.
Mi primer contacto consciente con la creación fue en la UTU Pedro Figari, estudiando escultura. Tenía unos 17 años y entré al mundo del espacio, las formas, los materiales y las charlas con otras mentes inquietas. Luego me acerqué a la pintura en el taller de Fernando López Lage, mientras también habitaba la danza.
En ese tiempo, Uruguay era una canilla creativa abierta: música, teatro, pintura, fotografía. Una generación saliendo de la dictadura necesitaba gritar lo que había sido silencio. Expresar, transformar el miedo.
Pasé por muchos colectivos: pintura, escultura, danza, teatro, performance. La orfebrería llegó más tarde. Siempre sentí placer en expresarme en lo cotidiano: cómo me visto, cómo cocino, cómo adorno mi cuerpo. Como no encontraba en tiendas lo que imaginaba, empecé a crearlo.
A los 33 años, ya siendo madre y viviendo en EE.UU., estudié metales en California y luego en Portland. Ahí comenzó este camino que sigo recorriendo.
RD: En “Déjate ver… en la inocencia del bosque”, hay una atmósfera que respira naturaleza: ¿qué fuerzas activan esa obra?
HG: Esta muestra nace de una transformación profunda. Me fui de la ciudad y viví seis meses en una pequeña cabaña, en medio del bosque, con mi perra Gaia y el frío del invierno. Casi sin contacto humano.
Ahí reconocí algo esencial: la naturaleza como madre de todo. Los mundos —vegetal, animal, mineral, espiritual— como una unidad. Sentí la necesidad de integrarme, de unir mis formas de expresión: pintura, escultura, orfebrería, danza, instalación.
También aparecieron fuerzas invisibles: las que llegan en la contemplación, en la escucha del corazón. Fui apagando el ego, dejando de forzar caminos, permitiendo que la obra me atravesara. Hace dos años que ese proceso me enseña: sobre los ciclos, la luz, la oscuridad, el orden de lo pequeño y lo inmenso.
RD: En tu obra, la orfebrería y lo plástico se mezclan: ¿cómo ocurre ese cruce?
HG: Trabajo con muchas técnicas, pero en el fondo dialogan entre sí. En pintura uso técnica mixta: collage, acrílico, pastel. Me paro frente al vacío y dejo que aparezca lo que no estaba ni siquiera en la idea. Juego: borro, tacho, escribo, superpongo.
Siempre me preguntan cuándo una obra está terminada. Es extraño: de pronto aparece la certeza. No falta nada, no sobra nada.
En orfebrería, en cambio, hay más estructura. Trabajo con plata, cobre, bronce, alpaca, cuero, piedras. Requiere boceto, orden, decisiones técnicas. Pero el lenguaje es el mismo: contar historias, buscar simetría en lo asimétrico, sostener la vibración de la vida.
Mi proceso comienza antes del taller: medito, respiro, muevo el cuerpo, dejo que lo animal aparezca. Recién ahí entro a crear. No puedo separar mi obra de mi corazón.
RD: ¿Qué hitos han redefinido tu forma de exponer?
HG: El Premio Nacional de Artesanía y mi paso por la compañía Moxhelis en los 90, donde vivíamos y creábamos en comunidad, viajando con espectáculos por todo Uruguay.
Hoy siento que me expongo cada día en mi hogar: Casa-Chacana. Es un espacio vivo con tres núcleos: la casa donde habito, un espacio de barro para el encuentro y la práctica, y mi taller. Ahí conviven arte, cuerpo, silencio, comunidad.
Para mí, exponer ya no es solo mostrar obra: es habitar el arte de vivir.
RD: Mirando atrás, ¿qué piezas condensan mejor tu búsqueda?
HG: Más que piezas, hoy siento que mi obra es mi manera de vivir. Despertar, respirar, contemplar, jugar. No correr, no querer ser otra cosa.
Ya no tengo tantas preguntas. Hay momentos: de expansión, de quietud, de recogimiento. Como los bichos bolita. Y en todos, están ocurriendo milagros.
RD: ¿Qué se viene?
HG: Estoy escuchando lo que me trae este lugar donde vivo: playa, bosque, arroyo. Estoy juntando plumas, piedras, maderas. Siento que viene una joyería más ornamental, más ritual.
Piezas que no son para todos los días, sino para recordar algo: que somos naturaleza, que las piedras guardan memoria, que estamos tejidos con todo lo visible y lo invisible.
Más que adornar, quiero que acompañen un estado de conciencia. Seguir caminando en ese buen vivir del arte de la vida.
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