La cabaña donde me llamaron por mi nombre
Por Nuestro Informante
Hay misiones que no figuran en ningún archivo. Ocurren fuera del mapa, en una cabaña que parece recordarte antes de que llegues. Allí, donde la arena castiga y la memoria se deshace, alguien pronuncia tu nombre —el verdadero— y ya no puedes seguir huyendo.
@Beirut (2016)
Ahora que mencionas esa frase: “Pinta tu aldea y serás universal”, no puedo evitar contarte algo que me pasó hace tiempo, allá por los años 60. Iba camino a Beirut para una misión, me habían asignado el alias Séptimo.
A mitad de camino me vi obligado a hacer una parada en un médano, había ahí una cabaña, ofrecía alojamiento. No puedo explicarte por qué la aldea de Tolstoi se me adhiere a esta cabaña. Cuando “me baje” la asociación tal vez te envíe un WhatsApp.
Recuerdo que subí las arenas en diagonal, hundiéndome a cada paso, necesitaba cansarme más de la cuenta. Había castigo en ese gesto, aunque en ese momento no lo pensara así.
Venía arrastrando una sensación extraña: el mundo era una convulsión, nada conseguía aliviarlo. También yo me sentía fatigado, de ese personaje que me tocaba ser una y otra vez, reencarnaciones de mí mismo en cada nueva misión.
Entré en la cabaña. Había una pareja, el dueño del lugar… me saludaron con una naturalidad que me desajustó, ¿me conocían de antes?
Mientras me registraba, vi un óleo de Ítaca colgado en la pared. No sé por qué, pero me detuvo. Pensé en el regreso, en esa idea absurda de volver a algún sitio que tal vez ya no existe. También me vino a la cabeza una mujer… alguien que quise mucho, aunque no sabría decirte cuándo ni dónde exactamente. Esa es otra cosa: mi memoria siempre fue un terreno movedizo.
@Jason Bourne (2016)
Quise abonar la habitación, pero no encontré la billetera en mi morral.
El dueño me calmó con un gesto, dijo que ya no cobraban por adelantado.
Sólo quería dormir. Esa noche me desperté con un dolor en la nuca: un latigazo en el cuello. Era una tensión extraña: algo estaba intentando nacer dentro de mí. Recordé que una vez me dijeron —una mujer que hizo de madre en otra historia—: que en el parto hay que saber dónde aplicar la fuerza. Me pareció una idea absurda en ese momento, pero no pude quitármela de encima.
Al día siguiente bajé a desayunar. Me senté junto a la ventana. Me sorprendí riendo solo, imaginando pedir un imposible: una barra de azufre para mitigar la molestia en el cuello. Hacía tanto que no me reía que el gesto me resultó ajeno.
Entonces apareció ella.
Neus.
La reconocí sin saber bien de dónde. Llevaba una túnica blanca con mariposas de colores. Me dijo que nos habíamos visto en el médano. Sí, dije y luego para mí mismo, pero, ¿cuál? Había un aura en ella… no terminaba de encajar en lo real.
Hablamos poco. Lo justo para sentir que teníamos cuitas pendientes.
Se fue un momento a atender una llamada, y el dueño se sentó conmigo. Me contó que la gente llamaba de todas partes del mundo solo para escucharla. Que se confesaban con ella, que ella apenas hablaba, pero que de algún modo lograba que los demás se abrieran. No decía nada extraordinario, ¿sabes? Comentaba el clima, el mar… cosas simples. Eso era suficiente.
Cuando Neus volvió, todo cambió.
Miró a través de mí. Y dijo:
Séptimo, tienes que parar.
¿Cómo sabía mi alias? Pretendí frenarla enseguida: no pude hacerlo, de su boca salían las palabras semejantes a torrentes de arena suave y tibia.
Dijo que eso que yo buscaba no estaba afuera.
No quise escucharla más. Intenté desviar la conversación, incluso halagarla. Pero insistió.
Me habló de la “belleza rota” que me habitaba. Me molestó, claro. No me interesaba hurgar ahí.
Hasta que pasó.
De súbito sentí que lo sostenía entre mis manos: un niño recién nacido. Un peso real, aunque no hubiera nada visible. Yo, que había sido entrenado para toda circunstancia adversa, quedé en shock.
Ella me dijo que lo abrazara. Que abrazara a ese niño.
Y yo no podía.
Séptimo, abrázalo.
Le pedí que lo hiciera ella, pero negó. Me dijo que estaba en mis manos. Que siempre lo había estado.
Fue… difícil.
Después de eso, me fui. Salí de la cabaña. La sal del aire me mordía la piel, como si toda mi piel, mi alma, mis partes todas, estuvieran más expuestas. La luna estaba en menguante, sentí que eso tenía que ver conmigo.
Caminé un poco y entonces lo vi: un corazón dibujado en la arena, parecía recién hecho.
Me acerqué, me puse en cuclillas… Adentro, escribí dos nombres:
Neus y Séptimo
Aquella vez sentí, por primera vez, que quería quedarme en algún lugar, aunque fuera sólo por un instante.
@El cuarto protocolo (1987)
@Las imágenes de películas son ilustrativas.
