"Jamás tan cerca
arremetió lo lejos" *
Por Cecilia Castro
Quizá el mayor alcance espiritual del ser humano es considerarse Uno.
Uno, tomando en cuenta las miles de excepciones y variedades y tipologías que se pueden producir, y que se producen en buena hora, además de creencias, posturas, áreas iluminadas y apagadas del cerebro y el corazón.
Tengo amigas que siempre terminan pidiendo a Dios, encargando a Dios algo mientras yo hablo de “fuerza”, energía y suerte. Pero esto se lleva bien porque nadie critica a nadie y empujamos en la misma dirección.
Yo pensaba que esto era suficiente para sentirse parte de un todo, lo de empujar en la misma dirección, y que cada cosa que se hace rebota innumerables veces y crece y crece y termina inundando y transformando aquello que es imprescindible transformar.
Pero, claro, nada es tan fácil.
Atravesando al otro lado del mundo, estábamos en un barco, en una de sus terrazas, que estaba llena de personas que eran locales, que nacieron y van a morir en esas islas.
“Perfecto” pensé yo…sin turistas ni fotos ni comercio
Estábamos al aire libre. Venía mucha gente; algunos fumaban, otros comían y otros tomábamos café.
De pronto me di cuenta que cuando la mayoría terminaba de consumir algo tiraba por la borda la basura que había generado su consumo: colillas de cigarro, vasos plásticos de café, sobras de comidas y restos de los que sea.
Me quedé pensando, después de la rabia y la impotencia de ver cómo se tiraba todo al mar como si fuera un gran basurero, que aquello que yo tenía en común con esas personas era nuestro origen humano pero estábamos a demasiada distancia en lo que concierne a la conciencia de algunas cosas fundamentales. No empujábamos en la misma dirección.
Lo sentí como una traición a la humanidad: la desconexión total, la ceguera del acto de contaminar, de envenenar a especies marinas, de afear uno de los paisajes más bellos y necesarios del ecosistema. Una falta de respeto a nosotros mismos.
Sentí que ese pequeño y perturbador acto era también universal, el aleteo de una mariposa. Y sus alas golpeaban mi cara.
Miré a mi alrededor y vi rostros sin culpa, sin remordimiento, sin darse cuenta de lo que pasaba.
Tomé un vaso plástico y lo puse en uno de los basureros que estaban disponibles y no me sentí mejor ni pensé que eso cambiaría algo. No hubo un aleteo de mariposa.
Con los meses, elegí contraponer a cualquier escena horrible de guerra, de injusticia, de enfermedad, una buena noticia, pequeña y significativa: un embarazo deseado, un beso oportuno, un niño alucinado andando en bici por primera vez solo, un gesto de agradecimiento cuando alguien nos deja pasar en auto, un árbol haciendo otoño con un color perfecto y magnífico, una palta con el cuesco chico… no va a cambiar el mundo, pero lo endulza. Le hace cosquillas.
@Imagen de la película «El deshielo» (2026) de Manuela Martelli
