Dios: ¿Verbo o sujeto? ¿Uno o trillones?
Por ARTURO GUILLÉN
«Puesto que no sabemos en qué consiste Dios, para nosotros no es evidente, sino que necesitamos demostrarlo a través de aquello que es más evidente para nosotros y menos por su naturaleza, esto es, por los efectos». Santo Tomás De Aquino, Suma teológica, cuestión 2, artículo 1.
Cuando se habla de Dios es difícil, sino imposible, aterrizar un consenso de qué es, en realidad, ese ser. ¿Inmutable y omnisciente? ¿Mutable y no omnisciente de lo contingente?
¿El todo como naturaleza, como universo, que pudo o no existir, o un ser necesario,
individual y atemporal? ¿Cuáles de esas ideas de Dios se debe tomar para iniciar una discusión, un intercambio de argumentos, sea para negar, sea para afirmar?
En todo caso, desde mi posición como un mero aficionado de estos temas, me aventuro a decir que ese sujeto, o lo que al menos se incrusta como un sujeto en la oración para acompañar al predicado, es sólo… un verbo. Y bien, ¿pero quién, sino, ejecuta alguna acción? ¡Un sujeto! Me argumentarían. He aquí cuando, en primera instancia, asumen que
el predicado sustenta la existencia del sujeto. Es decir, que de la lógica de la premisa se llega a la existencia ontológica de Dios. Pretender que de la esencia se llega al ser, como diría Heidegger. O como en el epígrafe de Santo Tomás, llegar a Dios conociendo sus presuntos efectos. Ergo, a la causa primera por medio de sus actos.
Por ejemplo: el unicornio es de naturaleza fría y sólo puede habitar en climas helados. La Antártida es gélida. Por tanto, el unicornio vive en la Antártida. Se idea una esencia, cuál sea, sostenida por una premisa lógica y, con ello, se llega a la conclusión de la existencia de ese ser. Pasa, de igual forma, pero con argumentos mucho mejores que ese, por supuesto, con la existencia de Dios.
Con ello vuelvo a lo que apuntaba más atrás: eso que se llama Dios o ser necesario, es verbo. Todo lo que imbuye a Dios, todo lo que a él se refiere, es acción, es acto. «Dios es acto puro», diría Santo Tomás apoyándose en el motor inmóvil aristotélico. Por tanto, la idea que se tiene de Dios pasa a ser acción, verbo. No un sujeto creador, sino creación; no un
sujeto que ama, sino que es el amor en su pureza de acto; no un ser que castiga, sino que es la causalidad de un acto que responde a otro, ergo, acción y reacción, ambos actos, ambos verbos en desempeño.
Lo que percibimos en la realidad, toda esa existencia, todo ese movimiento, esa, en fin, acción constante, debe tener una causa necesaria. ¿Quién más que un Dios, un ser perfecto, para realizar el ajuste fino del universo? ¿No es, por tanto, la obra de un ser inteligente? Ese verbo, ese contenido del predicado, debe sostenerse por el sujeto que la ejecuta: Dios. Pero ¿y si al final es sólo la acción espontánea de las partículas que configuran al cosmos y lo que se piensa como Dios es sólo el verbo que intenta darle forma ontológica al predicado, es decir, elaborar un sujeto a partir de ello? Entonces: ¿Dios es sólo un verbo sin sujeto detrás de todo ese ideario teísta? ¿Es, en vez de unidad, trillones —incontables partículas— en la materialidad?
Autor
-
Comunicador social venezolano que ha trabajado en medios como Unión Radio y El Nacional, éste último en la fuente de sucesos. Ganador del concurso de ensayos de la Sociedad Bastiat en 2019 y publicó un libro de ficción titulado Cuentos de una ciudad que ronca en 2020. Aficionado de la literatura, filosofía y los videojuegos.
