Mi encierro surreal en el vacío existencial
Por NORMAN JEANE
Entré en El ángel exterminador (1962) como quien se desliza en un sueño con fiebre: un banquete burgués, copas de cristal que tintinean, un salón impecable que, sin previo aviso, se convierte en jaula invisible. Yo, espectador cautivo, sentí el pulso nervioso de condes y marquesas —fracs planchados, perlas obedientes— mientras algo, imposible de nombrar, les impedía cruzar el umbral. No hay candados. No hay cadenas. Solo la certeza absurda de que no pueden salir.
Buñuel, anarquista fino, dinamita el protocolo con una sonrisa ladeada. Lo dijo en 1975: “El cine es un instrumento de poesía; debe provocar, no explicar”. Y aquí no explica nada. El tiempo se espesa como sopa fría. Las normas se derriten. Los invitados, que hace un minuto brindaban por la cultura, ahora mastican sobras, duermen en el suelo y orinan en rincones. “¡Nos hemos convertido en bestias!”, balbucea uno, como si la bestia no hubiera estado siempre allí, bajo la pajarita.
Cabras que atraviesan el salón como presagios, un pianista que insiste en el vals mientras el mundo se agrieta, rezos que suenan más a superstición que a fe. En Mi último suspiro (1982), Buñuel confesó: “Quería mostrar la estupidez humana en su estado puro”. Y lo logra sin sermón, sin moraleja. No hay héroes. No hay épica. Solo una libertad que asusta porque nadie sabe qué hacer con ella. El encierro no es arquitectónico, es mental, social, casi metafísico.
Lo inquietante es que, cuando por fin parece haber escapatoria, la historia se pliega sobre sí misma como una trampa circular. La repetición es el verdadero castigo. La burguesía no aprende, se reorganiza. El ritual vuelve, intacto, como si el desastre hubiera sido apenas un mal sueño.
Salí de la película con la sensación de que el salón no estaba en la pantalla, sino en nosotros. Que seguimos brindando mientras algo (una costumbre, una norma, un miedo diminuto) nos impide cruzar la puerta. Buñuel no extermina ángeles, desnuda farsas. Y lo hace con una elegancia cruel que todavía corta.
No es solo cine, es un espejo sin marco donde la civilización se despeina y enseña los colmillos.
El ángel exterminador no termina cuando aparecen los créditos, empieza ahí, cuando entiendes que la jaula no existía y aun así nunca te fuiste.
«¡Malditos sean todos!»
Autor
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Norman Jeane es escritor de haikus y un poeta experimental, su voz se desliza por el filo del surrealismo desde las sombras del underground literario. Algunos de sus poemas fueron publicados en la antología Aki No Koe (España, 2021). Transgresor por instinto más que por estilo, aporta una mirada distinta sobre el arte y el cine desde su trabajo en la revista Despunte.
