La Carne Prometida

Por NORMAN JEANE
La falsa luz de la salvación: un viaje al fondo de La sustancia donde la esperanza es el peor de los parásitos.

Escribir sobre la esperanza en este número de Despunte me resultaba familiar. Recordé que ya había escrito sobre ella desde otra trinchera. Apagué las luces de la habitación, me puse los auriculares para no despertar el sueño limpio de mi dulce amor y dejé que La sustancia (The Substance) me salpicara la cara. Qué manera tan hermosa y perversa de arruinar una palabra tan pulcra.
El cine de Coralie Fargeat no busca el asco cobarde ni el susto barato, busca la fascinación implacable por la forma. Su dirección no es indulgente, sino un juego sádico y quirúrgico. A través de encuadres simétricos, lentes gran angular que deforman el rostro humano y un diseño de sonido visceralmente hiperamplificado, Fargeat te obliga a mirar la belleza del corte y la gracia simétrica de una espalda abierta para parir una ilusión.

Un ballet interactivo de látex y fe

Frente a esta carnicería de efectos prácticos, prótesis barrocas y fluidos fluorescentes, la vanidad de Hollywood queda expuesta en su forma más pura. Las actuaciones de Demi Moore y Margaret Qualley sostienen este espejo roto: una entrega el colapso absoluto de la decadencia y la otra, la voracidad insaciable de la juventud artificial.
Con una precisión técnica intachable, Fargeat orquesta un festín donde la monstruosidad posee la elegancia de una obra de arte interactiva. Pensé entonces en la fe. Qué criatura tan ingenua y peligrosa es el ser humano, capaz de tolerar que la biología se le licúe entre los dedos con tal de no perder el encuadre.
Es fascinante y aterradora la distancia que recorremos con tal de no aceptar que la pantalla se ha apagado.
Elisabeth Sparkle, antigua estrella de la televisión, recibe la posibilidad de crear una versión más joven y perfecta de sí misma. La condición es simple y brutal: ambas deberán alternarse cada siete días. Una semana para Elisabeth. Una semana para Sue.
Lo que parece una solución se transforma rápidamente en una guerra. Las dos son, al mismo tiempo, rivales y dependientes: comparten origen, cuerpo y deseo, pero no pueden existir sin disputarse el lugar de la otra.

El cuerpo como campo de batalla

La película no se limita a denunciar la crueldad de Hollywood. Su núcleo más doloroso está en la relación entre Elisabeth y Sue: dos versiones de una misma mujer obligadas a enfrentarse por la atención del mundo.
Elisabeth no quiere solamente recuperar su juventud, quiere volver a ser visible. Sue, por su parte, encarna la promesa de una belleza sin pasado, sin cansancio y sin marcas. Pero esa promesa no la libera, la convierte en una máquina de rendimiento.
Fargeat lleva esta contradicción hasta el límite. El cuerpo se abre, se duplica, se desborda y termina convertido en espectáculo. La transformación, que al principio parece una oportunidad, revela poco a poco su verdadero precio: para sostener una imagen hay que sacrificar todo aquello que no encaja en ella.
Ahí reside buena parte del horror. No aparece una criatura extraña desde el exterior; el monstruo nace de una exigencia perfectamente reconocible: ser joven, deseable y visible para no desaparecer.

El combustible de la descomposición

El verdadero golpe de la película está en que, más allá de su sátira a la industria del espectáculo y al culto de la juventud eterna, La sustancia funciona como una tesis sobre la autodestrucción.
En este universo, la esperanza es el combustible que convence a Elisabeth de soportar el daño presente a cambio de una recompensa futura. No funciona como una luz, sino como una promesa que prolonga el sufrimiento y lo vuelve cada vez más espectacular.
La protagonista conoce el precio, pero también conoce la recompensa: una mirada, un aplauso, la posibilidad de volver a ocupar el centro del encuadre. Esa es la trampa. No se trata de ignorar la violencia, sino de aceptarla porque todavía parece ofrecer algo a cambio.
El exceso visual de Fargeat no es un simple recurso estético. La sangre, las prótesis, las mutaciones y los fluidos forman parte de la idea central: el cuerpo que el espectáculo desea es también el cuerpo que el espectáculo destruye.
La carne prometida es joven, lisa y disponible. Una superficie sin historia. Pero el cuerpo insiste en recordar que está vivo, que envejece, que se transforma y se rebela a ser reducido a una imagen.
Por eso el final produce algo más que repulsión. Cuando ya no queda nada que ocultar, el cuerpo deja de negociar con la mirada ajena. Se vuelve monstruoso, pero también imposible de domesticar.

Ficha técnica

Título: LA SUSTANCIA
Director: CORALIE FARGEAT
Guión: Coralie Fargeat
Año: 2024
Duración: 140 minutos  (2h 33min)
Formato: 35mm
Idioma: Inglés
País: Reino Unido

Autor

  • Norman Jeane es escritor de haikus y un poeta experimental, su voz se desliza por el filo del surrealismo desde las sombras del underground literario. Algunos de sus poemas fueron publicados en la antología Aki No Koe (España, 2021). Transgresor por instinto más que por estilo, aporta una mirada distinta sobre el arte y el cine desde su trabajo en la revista Despunte.

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