La causa común
por FERNANDO LÓPEZ LAGE
En Las palabras y las cosas, una arqueología de las ciencias humanas (1966), Michel Foucault (Francia, 1926-1984) plantea que antes de esta época los seres vivos conformaban una red que se instaló en la Historia Natural. El vampiro es un monstruo mitad científico y mitad metafísico, y coincidentemente con el surgimiento de los vampiros, se funda la Biología, como una escisión de la Historia Natural, como una disciplina que estudia la vida separada de la muerte.
Las historias de vampiros se expandieron a fines del siglo XVIII y estuvieron relacionadas con las epidemias de su época (sífilis, tuberculosis, entre otras). Estos seres no se resignan a la muerte y resucitan tras morder y chupar la sangre de múltiples víctimas. El vampiro es un personaje mitológico que deambula entre la vida y la muerte, lo pasivo y lo activo, cuerpo y alma, distinciones binarias que la era moderna impone como normas y que el vampiro transgresor elude.
La creación de la Biología que explica la vida de los seres vivos no llega a explicar
aún la vida misma. Tampoco lo había aclarado en su momento la Historia Natural. El humano a partir de allí fue un cuerpo de deseo donde la vida era el valor supremo. La mortalidad humana era parte de ese cuerpo donde la muerte era aceptada como parte del proceso vital.
Erwin Schrödinger (Austria, 1887-1961) dijo que algo está vivo si toma energía y excreta desechos, gracias a un dispositivo de memoria que lo permita. Resultado de unas conferencias, en 1944 publicó ¿Qué es la vida? Esta obra ha tenido gran influencia sobre el desarrollo posterior de la biología, porque aportó ideas fundamentales, por ejemplo, que la vida no es ajena ni se opone a las leyes de la termodinámica, sino que los sistemas biológicos conservan o amplían su complejidad exportando la entropía que producen sus procesos. La vida es a la vez, e inseparablemente, materia-energía y conciencia.
Según las memorias de James Watson, DNA: The Secret of Life (2003), el libro de Schrödinger de 1944 ¿Qué es la vida? le inspiró para investigar los genes, lo que lo llevó al descubrimiento de la estructura de doble hélice del ADN.
James Lovelock (Reino Unido, 1919-2022) creyó que la vida solo es posible si se basa en el carbono, pero este también se encuentra en la base del silicio, cosa que hablaría de una biología o vida o naturaleza de ese elemento. Una vitalidad del silicio, un silicio no inerte, cosa que subvierte la idea heredada sobre los minerales. La biología y la vida tienen esa capacidad de reproducir, y en el caso de los humanos implican cuerpos embarazables, y se marginalizan a virus, mujeres menopáusicas, mujeres trans o personas infértiles.
Existen otros resignados, como los vampiros, que se reconocen entre ellos porque habitan otro planeta donde la percepción de sí mismos alude a cómo se reconocen y a cómo los ven los otros. Parodi se refiere al planeta Parkinson. Los que no provienen de allí no tienen rigideces ni movimientos involuntarios ni brazos que caen al costado de sus cuerpos con mucho más peso del que poseen. Estos seres humanos también pasan de un estado anímico a otro sin explicación lógica, como respondiendo a otras fuerzas ajenas a la conciencia.
La vida de los parkinsonianos está atravesada también por un corte de la línea de tiempo o más bien de la continuidad de la línea de tiempo cuando se ve interrumpida. Ellos lo llaman dualidad on-off. La vida, por lo tanto, si intentamos crear un hipótesis metafísica, nunca ha sido descubierta como un objeto de estudio concreto. Hay muchas posibilidades de pensarla o habitarla. La biología, así como la física o la química, nos plantea cuestionamientos y reflexiones que no permiten que abandonemos la metafísica.
Isaac Newton descubre que la gravedad y la luna tienen una conexión que mueve los
planetas. El científico nunca pudo averiguar cuál era el medio, cosa que lo obligó a introducirlo en el archivo de lo imponderable, un lugar abstracto que contiene un reconocimiento de las limitaciones humanas. Cuando se desvanece la ontología humana, eso que todo lo explica, surge lo imponderable.
Las corrientes que se acercan a lo inhumano complejizan la estructura temporal. La contingencia de lo contemporáneo genera en el mundo de Parodi una incertidumbre endógena y exógena.
Un off o una interrupción de la continuidad de la línea de tiempo se produce cuando
el depósito de dopamina se vacía. Se vacía casi sin avisar, escribe JLP. Al salir del off mediante drogas específicas, no solo se recupera la movilidad perdida, sino que también estalla una especie de superpoder, un motor de mayor cilindrada.
Transformar el cuerpo físico de una persona y su mente o la de guardar su conciencia en un dispositivo electrónico es un mito biológico cyborg. Un cyborg es un ser con partes orgánicas y biomecatrónicas, la unión de un organismo vivo con la tecnología. Ya están puestas en marcha varias situaciones tecnocientíficas que promueven una sobrevida para muchas personas afectadas con diferentes enfermedades. El implante que tiene JLP en la cabeza es un neuroestimulador que tiene un imán para vincular un iPhone con un generador y los electrodos que le han devuelto capacidades que la naturaleza parkinsoniana le había quitado. Parodi no lleva tecnología, es tecnología, es un humano 2.0. Parodi es uno de los implantados que apenas llegan al 10 % de quienes padecen párkinson.
Inmersos en una realidad capitalista, sabemos que este sistema desencadena el progreso como una de sus grandes virtudes, pero también tiene su cara oculta y oscura que frena ese progreso. Si se desactivan los frenos de ese progreso y asumimos la contingencia como la suplantación de la certeza, podríamos aplicar la tecnología libre y rápidamente.
En esta era posdigital también se incorporan los datos algorítmicos de sujetos fallecidos, que, muchas veces abandonados en las redes sociales, generan un tipo de inmortalidad.
Siguen vivos, se los sigue saludando en los cumpleaños por personas que ignoran su desaparición u otros que lamentan su muerte en cada aniversario. Actualmente existe la posibilidad de que una persona autorizada pueda cerrar la cuenta de dicho sujeto, porque ha abandonado la vida física. Pero escribir sobre los nuevos sujetos algorítmicos no es escribir sobre el cuerpo, o al menos no del cuerpo y sus órganos vitales.
Los cosmistas rusos, a comienzos del siglo XX, rechazaban esa particularidad negativa de la vida que es la muerte. Desde su manifiesto proponían que los humanos deberían resistirse a esa falla de la vida. La naturaleza nunca fue cómplice con lo humano; por el contrario, interfiere desde siempre en el proceso vital con una falla, la muerte, que los cosmistas estaban dispuestos a remediar mediante la tecnología. Esta debería ser aplicada a cada individuo y no a la vida en general, por una cuestión de escala cósmica.
Nikolai Fiodorov (Rusia, 1829-1903), fundador del movimiento, creía que el progreso constituye una explotación de los muertos en beneficio de los vivos y también una explotación de los que están vivos hoy en beneficio de los que vivirán en el futuro.
Fiodorov propuso su proyecto de tecnología llamado causa común, donde hace una analogía entre las obras de arte y su vida en el museo y la vida humana en la Tierra. El libro publicado por sus discípulos en 1906, luego de su muerte, se tituló La filosofía de la causa común.
La tecnología utilizada para conservar las obras de arte en los museos no destruye las piezas artísticas por más siglos que tengan. Si esta se aplicara a la vida humana, se conservaría, se cuidaría y se mantendría a salvo de las fuerzas destructivas de la naturaleza. El museo utiliza esta téchnē, porque conserva las piezas de arte para el futuro y las cuida del devenir del tiempo y su deterioro. Fiodorov plantea también que toda la tecnología debería cuidar la vida y resucitar a los muertos. La inmortalidad y la trascendencia de la modernidad quedan materializadas por la tecnología del arte que se mantiene aplicada a la vida de las personas. Los individuos serían en esencia lo mismo que las obras de arte de la época del tesoro: piezas conservadas y otras traídas de vuelta a la vida en un coworking con dios, de igual a igual. Los humanos queremos acelerar el proceso de la evolución tecnológica, pero hasta ahora no fue suficiente para salvarnos de la falla de la muerte que impone la naturaleza.
Parodi, además de ser al autor de este libro, es un gran pintor, complejo, con un cuerpo de obra de apariencia simple, cerca de lo expresionista. Hay cierto sentido o causalidad en esto; el hecho de que sea pintor no es un hecho aislado. Se encarna la causa común del cosmista Fiodorov, y así se me aparece una analogía entre sus pinturas y su vida en el museo o en su propio estudio, y la vida humana en la Tierra o la de Parodi mismo y su neuroestimulador, que provee y conserva.
La téchnē utilizada para las obras de arte aplicada en el caso de Parodi lo mantiene a salvo de la fuerza destructiva de la naturaleza, de la falla que forma parte del proceso vital. La tecnología y lo social están ligados entre sí y se potencian con cada uno de sus cambios. El accionar humano es el que pauta y define qué futuros estamos dispuestos a abrir, y ese tiempo que viene es producción tecnológica.
Autor
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Fernando López Lage (Montevideo, 1964). Artista y docente uruguayo que ha expuesto individualmente en el Museo Nacional de Artes Visuales, en el Museo Blanes, Linda Moore Gallery (EEUU), Colección Engelman Ost, Alianza Uruguay EEUU, Galería Xippas Punta del Este, entre otras. Desarrolla el Programa de formación permanente en el colectivo fac. Recibió numerosos premios, en 1996 obtiene la Mid American Art Alliance y la USIA (New York, Los Angeles, New Orleans, Chicago, San Francisco, Texas, Washington, New México). Residencia de artista en la Universidad de Texas; expone en el Fox Fine Art (El Paso, Texas, Estados Unidos). Es invitado por la Asociación Internacional de Críticos de Arte para integrar el envío a la Bienal de Pintura de Cuenca, Ecuador en 1989,donde obtiene el premio Le Parc al mejor pintor latinoamericano menor de 35 años. Es invitado a la Bienal de La Habana en 1992 y nuevamente, a la Bienal de Pintura de Cuenca, Ecuador (1994), por el comité organizador. En 2007 participa en la Bienal del Mercosur, Conversas un dialogo de obras junto a John Baldessari y Terrence Mallick. Fue director de la revista Arte: y de la revista digital Hugo. La editorial Estuario publica El color Pharmakon en 2018, y Madmaxismo en 2022. Ambos con Mención en el Premio Nacional de Literatura. En 2025 con la misma editorial publica Sensor de contingencia.
