La voz del cuerpo.

Por Mauricio González Seguel

Los movimientos del cuerpo, las muecas de la cara o un simple suspiro funcionan como balas trazadoras de la emoción.

La carga pirotécnica que emite la gestualidad funciona como señal; la segunda ya encaminará la ráfaga emocional que hemos de experimentar.

Dentro de toda situación subyace una enseñanza. Cada momento trágico ha de forjar carácter y debes enfrentarlo con estoicismo.

Llevo días repitiéndome ese mantra. Llevo semanas, llevo meses.

El respaldo de la litera no aguanta más líneas de cinco tachadas con otra encima.

El lugar es una casa grande de un piso, sin divisiones, completamente de madera. Una madera cuyo crujir nocturno arma un monólogo lúgubre. Las ventanas sucias dejan poco y nada de visión.

Mi cama, el lugar donde paso la mayor parte del día y sobre la cual he aprendido a distinguir los horarios por la intensidad y tonalidad de la escasa luz, me permite divagar y recitar una oración que me mantiene atado a la realidad.

Aferrado al mantra como marinero atado a un mástil, resisto los embates de la tempestad.

Un plato sobre el piso de madera y un cuenco con agua terminan de decorar el lugar.

No me preguntes dónde estoy. No preguntes por qué; no sabría qué responderte.

Los días se resumen en mirar las vigas del techo y disolverme en los diagramas de las telarañas, tanto verlos me vuelve una mosca atrapada, llena de pegamento cuya lucha por soltarse genera más atadura.

Suelo girarme y optar por la posición fetal. Me trae calma, pero dura poco porque me distraigo en la observación de los huesos de mis caderas, que se levantan como montañas diluidas hacia arriba. El dolor del apoyo me obliga a girarme; la situación se repite muchas veces al día.

Lo único que interrumpe el dolor de la incomodidad es lo trágico de ella misma: la esperanza.

Esperanza de que esto pase. Esperanza de soportar estoicamente la realidad. Esperanza de forjar un relato noble de resolución y persistencia, de dar ese romántico salto de fe.

Me mantengo cuerdo con el diálogo interno conmigo mismo, con los distintos personajes que me componen como tejidos, corazón, pulmones y sangre. Resistir y permitir la comunicación mediante el reposo en mi cama.

La escasez… ¿cuándo fue la última vez que comimos?

Las tripas crujen como ramas secas. El aire que separaba mi estómago de mi espalda se ha ido. Hoy, la piel de mi estómago y la de mi espalda son una, inseparables, reducidas a pellejo seco.

¿Qué puedo anteponer a la tragedia? La idea prominente del estoicismo, la esperanza fúnebre de que esto ha de pasar.

El diálogo interno se vuelve embriagador.

Las sensaciones de pequeñas agujas peludas en manos y pies anuncian su visita. Al menos tres veces al día vienen, como miles de hormigas que suben lentamente por alguna extremidad. Nunca repiten la extremidad, pero son devotas de la ley de las tres visitas diarias. Les cuento esto y decido girarme; ya me aburren.

Es peligroso cuando quiero rendirme, cuando quiero dejar de poner mi cuerpo como medio de pago por pecados que no recuerdo si cometí. ¿Son míos o de alguien más? La duda reclama su espacio y yo llevo mis manos a la cara. Escucho la voz que me dice: «Penitente, aguanta. Mantente firme, opón tu carne a la adversidad, hazlo por todos, purga el pecado colectivo, ofrece tus vísceras».

Al bajar las manos de mi rostro, las observo: secas, viejas, manchadas. Son cinco dedos y una palma que se destacan, cuya piel muerta decora mi cama como pequeños trozos del cuerpo que ofrezco.

¿Me has abandonado, esperanza, dulce como la miel? Persiste conmigo o, por favor, llévame.

Te escucho respirar como el suave aleteo de un colibrí, o seré esta vez el abejorro que se posa sobre tus aterciopelados pétalos.

Te vi sobre una verde colina. Ese día la muerte susurraba.

Ese día sentí los llamados del que reclama los cuerpos. Frente al reclamo negué mi alma, pero cedí mi cuerpo.

Te vi sobre una verde colina, flotando con una figura sin bordes a la cual vestí de blanco.

Intenté acercarme, pero estás en la cima y yo abajo. Intento subir por los verdes prados, pero mi terreno es gravilla volcánica y me hundo a pesar de mi esquelética figura.

Te llamo sin voz. Intento alcanzarte, pero mis dedos se caen como ramas secas.

Me ves, me sientes y desciendes con la delicadeza de las hojas que caen. Tu cuerpo pareciera evaporarse o desaparecer con el viento fresco que anuncia tu cercanía.

Me tomas, me observas con curiosidad. Me hablas como si me conocieras:

«Penitente, abandona toda esperanza. No eres santo ni mártir. Descárgate de la cruz y deja atrás toda oración o mantra heroico que te mantenga atado a esta tortura. Vísteme como los atavíos de tu enemigo y déjame vencerte con la suave voz de la muerte».

El alma baja. Pero otra vez me encuentro en una cama. Miro mi mano; una cinta la rodea con mi nombre.

Estoy vivo o muerto. Soy un enfermo o un loco.

Autor

  • Mauricio González Seguel, nacido en Temuco el 12 de marzo de 1980. Periodista chileno con diplomados en Comunicación Interna y Literatura Infantil y Juvenil.

    Su forma de escribir mezcla el realismo mágico con lo cotidiano. Sublima miedos reales —anomalías psicológicas-en relatos viscerales que fracturan lo cotidiano con lo onírico.

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