¿Leemos lo mismo que los griegos?

Por FERNANDO VILLAMIZAR
Recientes estudios han puesto de manifiesto que, en las zonas urbanas del primer mundo, es frecuente que los niños y los jóvenes no reconozcan la relación entre el pollo, en tanto que alimento, y el pollo como animal. En efecto, la distancia que hay entre el «pollo» reconocible como animal, es decir, el ave doméstica con una serie de características reconocibles, es bastante holgada en relación a la pechuga sobre nuestra mesa. Y no sabiendo los chicos la relación entre un evento y otro, extravían el conocimiento de dónde y cómo se produce lo que se come.

Estos hechos son contemporáneos y aluden a problemas de nuestro tiempo, pero tienen una relación tangencial con otro, de mayor interés para filósofos, filólogos, antropólogos e historiadores: cómo la interpretación de las distintas manifestaciones culturales va, con el tiempo, cambiando hasta desvirtuar completamente su contenido original. Y sobre la literatura clásica, principalmente la de acervo grecolatino, esto es un hecho de acuciada relevancia.

Ya Juan de Mena ―sobre el siglo XV― en sus simpáticas tentativas para traducir versos enteros de La Ilíada, reconoció este fenómeno al momento de colocar en prosa lo que era, en su origen, un poema. En años más recientes, en filósofo José Manuel Briceño, que manejaba una veintena de lenguas, advertía sobre cómo el traductor debe hacer, más que un escrupuloso trabajo de sinonimia para darnos los mismos contenidos, un desafiante esfuerzo interpretativo para desglosar, parte a parte, los diversos elementos de los idiomas y permitir al lector conocer, aunque sea, un generoso porcentaje de lo comunicado por el autor original. Si esto pasa con lenguas actuales, como el alemán y el danés, mucho más puede decirse en relación a idiomas antiguos, como el hebreo bíblico, el sumerio de Gilgamesh o, lo que aquí nos cita, el griego en el que fueron escritas La Ilíada o La Odisea.

Ya nuestra interpretación del mundo helénico es espuria, en muchos casos.Tendemos a llamar «griego» a aquello que, en general, pertenece a la cultura ateniense o macedónica, ponderando con igual jerarquía las modestas y cuasi salvajes producciones espartanas o arcadienses. En efecto, la comprensión de lo «griego» se destiñe por lo popular, y tanto más puede decirse de lo que intentaron expresar Homero, Jenofonte o Platón si lo miramos con nuestros paradigmas actuales. Así, la palabra «rey» ―de origen latino, rex, es decir, regidor― no implica lo mismo para nosotros que para un romano, para quienes acabó siendo un título, ya por los fines del imperio, para designar al «regente» ―palabra bastante más maridada con la palabra rey que su símil actual, «monarca»― de un territorio residual al norte de la Galia. Y de los griegos es mejor no hablar, porque un «rey» no formaba siquiera parte de sus posibilidades de comprensión.

Enfrentarnos con esto nos pone frente al desafío de comprender, más allá del goce estético que nos brindan obras maestras como La Ilíada o la Teogonía, la responsabilidad de la indagatoria histórica tanto para traducciones como para estudios académicos. Entender no solo los mitos, sino también el contexto político e histórico de los sucesos, es una importante forma de mejorar nuestras lecturas de los clásicos.

Autor

  • Fernando Villamizar nace en Venezuela el 14 de abril de 1994.
    Estudia Comunicación Social en la Universidad Católica Santa Rosa.
    Obtiene mención con su tesis “Una década de violencia en El Junquito”
    UE Juan Vicente Bolívar.
    Profesor en luderp-Instituto Universitario de Relaciones.
    Publica como editor los libros:
    “Viaje del alma” de Moraima Monzón en el año 2022.
    “Sueños mortíferos” de Chris Navarrete en el año2022.
    Ilustrador del libro “Palabras en juego” de Gustavo López en el año
    2022.
    Trabaja como Social Media en el IG de la editora Marina Araujo (@marina.editora)

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