Dos poemas y un cuento
de nuestro poeta emergente
por Luciano Martínez
Poderoso drama
La inmensidad del cielo
que no alcanzan mis ojos.
El agua prístina que corre
libre entre mis manos.
El viento siseante
que arremolina mi cabello.
Se apiadan de mí y soy
lo que puedo ser.
La calma que contribuye.
El silencio no advertido.
Las sombras, los colores.
El fuego que destruye.
Los temblores y sus creaciones
elitista decretación.
En la simulación los sabores
saben amargo, a desilusión.
La simiente ignorancia
arrulla las mentes.
El proceso es eterno
¿El proceso es eterno?
Diluida las voces
en las horas que pasan
en los días que pasan
en los siglos que pasan.
La silueta perversa y perfecta
en su más fina trama
solfea la melodía
tan imperfecta, tan delicada.
Sin Música
Cuántos colores habrá en ese silencio
si soy invisible sin serlo.
El eco inmutable perece
desaparece sin quererlo.
Soy visible, sin serlo.
Qué fuego oscuro soportaran esas manos
en una suave caricia
la hierba se espesa.
Corre sigiloso hacia la nada
el rayo con espuma en la boca.
Qué aromas nuevos traerá ese silencio
si no me aferro a mortales lujos.
El aura hambrienta devora nostálgica
uno a uno los fantasmas de mi música.
Traerá el silencio tantos recuerdos
el olvido no logra arraigarse.
La diatriba ahogada, entumecida
no nace ni siquiera en plegaria.
La Pelota en el centro
Estaba anocheciendo y la pelota todavía flotaba en el lago, lejos de la orilla. Un buen rato estuvimos esperando, tal vez alguien llegaba con un kayak. Hacía frío para tirarse al agua y yo no estaba en las mejores condiciones después de… ¡Qué desastre! ¿Cómo es que había arruinado la tarde?
Después de almorzar, como todos los domingos, salimos a pasear. La tarde soleada, pero fresca invitaba, mucha gente disfrutaba del parque. Con Ángela caminábamos pisando la hojarasca, pateando la hojarasca, juntando las nueces que habían quedado escondidas. Nos sentamos en un banco, bajo un gran nogal. La gente hacia rondas en el suelo, jugaban a las cartas, algunos andaban en bici, otros pescaban y muchos jugaban a la pelota. ¡Qué lindo jugar a la pelota!, cuánto había pasado desde la última vez, qué placer sería pegarle de nuevo. Tres pelotas estaban rondando cerca, una en un picadito, tres contra tres, adolescentes de no más de quince años. Otra la tenía un papá tirando pases con su chiquito que tendría, más o menos, cinco años.
—Dale Martincito —le decía el papá orgulloso.
Y la tercera, dos chicos un poco más grandes con su papá.
Hacía años que no jugaba al fútbol, la última vez fui tres sábados seguidos y pensé que ya estaba otra vez en competencia, pero en una jugada me desgarré las dos piernas. Después de eso no lo había intentado nunca más.
Sentí algo de repente que se me quedó anudado en la garganta, ¿y si nunca más le pegaba a la pelota? Qué ganas tenía de pegarle, era casi una necesidad, rogaba porque alguna se escapara y viniera hacia mí.
Ángela cebaba mates y yo los tomaba, pero estaba ausente, estaba en otro lado, estaba en los partidos de mi alrededor, expectante, como el arquero que espera el tiro libre. Se acercaba una y amagaba levantarme, pero los chicos del picadito eran muy rápidos.
El papá con sus dos hijos se había sentado, mi mejor opción era Martincito y su padre. Fuerza Martincito, decía para mis adentros y hacia fuerza, yo también, tirando una patada al aire.
De repente vino una pelota llovida, una de más lejos, una que no esperaba. En ese mismo instante Martincito sacó fuerzas y le pegó un puntinazo directo hacia mí. Dos pelotas, una a ras de piso y la otra que venía bajando, un pique, dos piques y pienso: después del tercero la agarro de bolea, si le pego fuerte llego, estaban lejos.
La planificación de la jugada era impecable, precisa, una obra maestra. Si le doy de bolea fuerte pero rápido, tengo tiempo, retrocedo dos pasos y se la devuelvo a Martincito con el pie abierto. Jugada magistral. Tercer pique y mi empeine golpeó con una fuerza descomunal: sentí un tirón, yo no sé si fueron los cordones o qué, pero mi puntería falló, con tanta mala suerte que la pelota golpeó de lleno en la cara de Martincito, tres dientes, lo supe después, volaron por el aire.
La jugada que tenía en mente seguía en marcha, pero ya me había desconcentrado. Los nervios, la vergüenza, todo fue muy rápido y ya tenía el impulso. La segunda pelota que venía a rastrón le di con más fuerza. Nunca le había pegado tan bien… qué hermoso, qué alto, qué lejos. Sentí el dolor, me volví a desgarrar las dos piernas y la pelota de Martincito fue a parar, justo justo, en el centro del lago.
Autor
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Luciano Gabriel Martínez nació en San Pedro, Buenos Aires, Argentina en 1979. Músico de rock, ha formado parte de distintos proyectos dentro de la escena local. Actualmente forma parte del coro polifónico “Guillermo Farabollini”. Ha incursionando en el teatro con el fin de incorporar herramientas escénicas, y hace dos años forma parte de un taller literario donde ha encontrado un espacio para dejar volar la imaginación, y poder seguir creciendo en el mundo del arte.
