Verano de plomo
Por CHINO DURRUTI
Una madrugada agradable de lunes de septiembre, luminosa heralda del equinoccio primaveral, Nahuel vino al mundo apenas veinte minutos de producido el cambio de fecha en el calendario. Era un bebé corpulento, de piel muy blanca y pelo de color rojo brasa.
Todos en su familia lo recibieron felices. La fortaleza del amor en un país desangrado por una dictadura cuyo personal de servicio desarrollaba especializaciones de occidente para territorios donde las sociedades cometían la imprudencia de pensar críticamente y amar a la vida y a su tierra.
Tiempos donde la vieja y la nueva Roma (con conservadores y republicanos duros a la cabeza), iniciaban el retorno a su paraíso de concentración de la renta, pausado décadas bajo peligro de manchas rojas en su mitad del mundo.
Sin complicaciones de ningún tipo, madre e hijo pronto se mudaron al hogar. Sin embargo, en una situación ciertamente curiosa, sus progenitores tenían programado desde hacía algún tiempo un viaje en familia, imposible de realizar con un bebé de tres semanas de vida. Por lo tanto, Nahuel vivió parte de sus jornadas iniciáticas con sus abuelos maternos.
Un par de semanas después ya se había acostumbrado a su entorno, y dormía una siesta de esas que una primavera asentada puede ofrecer a las dos de la tarde, con el silencio del mundo de antes y el reloj de pared de la cocina percutiendo con cadencia tuc… tuc… tuc…
-Hola hijo-. Se abalanzó sobre él su mamá de rostro bronceado. Le siguieron al encuentro su papá y sus hermanos mayores.
-Hola Nahu, hola bebé…- Era la oración coral.
Pero no había felicidad compartida. Nahuel lloraba desconsoladamente, necesitando de los ruidos y olores de sus abuelos maternos. Ellos eran la referencia y el apego, en un mundo de primeros planos.
La noche de retorno al hogar de sus progenitores no durmió y tampoco ellos. Fue una madrugada de turnos entre canciones de cuna, paseos por el hogar y mamaderas tibias, debidamente abrigado, porque si bien la eclíptica del sol estaba camino al trópico de Capricornio, el antropoceno todavía no había desquiciado a la atmósfera tan rotundamente y por tanto el clima nocturno a comienzos de octubre seguía siendo como solía ser.
Se sentía en manos extrañas y sus padres no lograban conectar con él.
La aclimatación de ese nuevo ser, que no cesaba de llorar si era arrancado de los brazos de su abuela y de las caricias de su abuelo, duró un par de meses. Y todo de a poco se fue volviendo más normal.
-¿Cómo estás, negro?-, preguntó Jorge, amigo de la familia.
-Bien, durmiendo poco. Nahuel recién se está acomodando-.
-Tenemos que ir a conocerlo, pero bueno… vos sabés-.
-Ya habrá tiempo-.
El pedido al mozo, de impecable chaqueta, camisa y moño, fue dos cafés. La ropa blanca y negra del trabajador combinaba bien con el tono de la madera que revestía la mitad inferior de las paredes y los estantes de la barra, cuyos cristales reflejaban hermosamente el gris que habitaba en la máquina de café, en la gran heladera mostrador y en la exhibidora. No era ni más ni menos que un bar de barrio con la vereda arbolada frente al empedrado, en un rincón de la ciudad donde el sol formaba callejeros surcos amarillos, colándose entre las ramas de plátanos y tilos.
-Decime Jorge-.
-Te quería pedir una gauchada. A vos y a Cata. Tengo una pareja amiga con un bebé que iban a pasar el veinticuatro con nosotros, pero con Celina tenemos que viajar-.
-¿A dónde van?- preguntó curioso el padre de Nahuel, mientras observaba a una mujer estacionar su Citroën 2CV, con su clásico ruido de motor de dos cilindros.
-A París, vamos a visitar a la hermana de Celina-.
-¿Cuándo se van?-.
-El jueves-.
-¿Y qué precisas?-.
-Que pasen la Nochebuena con vos y Cata-.
-Bueno, dales la dirección y que vengan. Me hubiera gustado ver a Celina-.
-Sí, ella también tenía ganas de verlos antes de viajar, pero no se pudo, anda de acá para allá-.
-Che Jorge ¿Y cuando vuelven?-.
-No sabemos. Vamos a ver-.
Una semana después, la joven pareja y su hijo pequeño llegaban al hogar de Nahuel. Noche de verano de un país todavía de clase media trabajadora en proceso de descomposición económica y moral, sin conciencia algunos de lo que estaba ocurriendo, satisfechos otros con ciertas consecuencias coyunturales, y con un puñado pequeño de gigantes ganadores, en un mar de nuevos pobres.
Lo primero que notaron el Negro y Catalina de esos desconocidos que llegaban al hogar fue que Esteban rengueaba y mostraba signos de dolor.
-¿Qué te pasó?- preguntó el Negro.
-Recién me acaban de sacar el yeso, choqué con el auto-.
-¿Se va curando?
-Si, por suerte si-.
-¿De dónde son chicos?- quiso saber Catalina, mientras servía un pertinente pollo relleno frío acompañado de ensalada rusa. Eran siete adultos (Catalina y sus padres, el Negro con su mamá y Esteban y Sabrina, los invitados), y cuatro niños (los tres hermanos de la casa y el bebé de la visita).
-Somos del interior, de La Llave, un pueblito cerca de San Rafael- contestó Sabrina.
-¿Y qué hacen aquí?- quiso saber el Negro.
-Yo soy operario de la Ford-.
-Yo soy maestra de villa-.
-¿En dónde?- preguntó Catalina.
-En Pacheco-.
-¿Y cómo va todo allí? Yo soy maestra en Las Ranas-.
-Difícil. La gente no tiene un mango y además tiene miedo-.
-¿Sus familias están lejos?- Insistió Catalina, curiosa.
-Sí, y queríamos ir para allá, pero entre el trabajo y el choque, no se pudo-.
-¿De qué cuadro sos Negro?- Esteban quiso salir de ese lugar e intervino.
-De San Lorenzo. Pero del setenta y cuatro para acá no damos pie con bola. Y encima ahora nos van a sacar la cancha. ¿Vos?-.
-De Racing, como…- Se detuvo, pensó un instante y afirmó -como mi viejo-. Esperó unos segundos más y agregó -Igual ahora somos todos campeones del mundo…-.
Su expresión subrayaba cierta felicidad y unos ojos cansados buscando salir del no detectado mal paso. Había en él cierto cuidado en las palabras.
-¿Usted don Pablo, de quien es hincha?- Le consultó Sabrina al abuelo de Nahuel.
-De Boca-.
-Años dulces-.
-Y, con los jugadorazos que tenemos…-.
La cena siguió su curso y fue agradable. Esteban y Sabrina sonreían francamente, y a la vez era inocultable cierta tristeza en sus ojos. No había contradicción en ello.
En la mesa el diálogo fue fluido, y cuando el reloj marcaba las veintitrés y treinta de ese 24 de diciembre, Esteban se disculpó y fue al baño, llevándose su mochila. Sabrina explicó que se iba a cambiar las vendas de la operación y que era un proceso que requería casi un tercio de hora.
A su vuelta, los hombres comenzaron a preparar las bebidas del brindis mientras Catalina, las abuelas y Sabrina organizaban las copas, los platos dulces y demás (al fin y al cabo, eran personas de su tiempo, y ninguno de los y las presentes era anarquista como para andar cuestionando la división de tareas).
-Feliz navidad. Amelia, feliz navidad-. Dijo Daniel, saludando a su suegra.
Todos chocaron sus copas de sidra y sus vasos de Mirinda, y los protocolos fueron ejecutados adecuadamente. Meteorológicamente estupenda, comenzaban a escucharse los estruendos pirotécnicos de una sociedad en busca de una noche de paz, de esas que el olvido puede ofrendar.
Sabrina sonreía como la mujer inobjetablemente hermosa que era, delgada, de finos y firmes hombros muy blancos sobre los que caían delicados bucles azabaches. En sus ojos de increíble dulzura se mezclaban el amor y un sentido de realidad melancólico, ese tipo de melancolía deudora del sentir que los sueños finalmente no serán alcanzados.
Cuando todos se dispusieron a salir a la vereda, ella se disculpó y pidió permiso para permanecer en la casa al cuidado de su compañero, que prefería desplazarse solo lo indispensable. Y así se fue yendo la velada.
La mañana del veinticinco se presentó soleada. Nahuel lloraba en su cuna reclamando la urgente mamadera y el Negro se levantó para preparar el desayuno de su hijo menor. Encontró la habitación destinada a los huéspedes ordenada y vacía. Sobre la mesa del comedor un papel escrito con una agradable caligrafía sentenciaba “Gracias a ambos. Ojalá volvamos a verlos.”
Y los días siguieron acompañando al Sol. De a poco, el muchachito pelirrojo se iba apoderando de la vida, reconociendo personas, juegos, olores y sabores. El verano en el mar le sentó muy bien, habitando la casa que estaba construyendo su familia en una zona de bosques prístinos y vida de aldea. Aún conserva el cuadro de ese bebé de cabelleras crepitantes que disfruta de la línea del agua besando sus piernas, mientras sostiene en su mano izquierda una palita con indomable espíritu excavador.
Concluyendo febrero y de nuevo en la gran urbe, la familia se aprestaba para abordar el inicio de las actividades que sustanciarían el año. El Negro andaba con ganas de ver a sus hermanas y Catalina con deseos de estar con sus padres. Los abuelos maternos, en tanto, estaban urgidos de interactuar con Nahuel. Lo habían extrañado mucho, a él y a sus hermanos, más allá de alguna escapada de fin de semana.
Familia de sangre italiana, el domingo era el momento propicio para el reencuentro. El Negro se levantó temprano y se dispuso a poner todo en condiciones. Los mates iniciáticos resultaron estupendos y se maridaban perfectos con el sol amarrillo y suave que empezaba a cubrir las paredes y a ganar los techos. El comedor y el jardín eran una gran caja de música, cortesía de las aves.
De buen humor, decidió que era momento de dinamizar la mañana y salió a realizar las compras, mientras los comercios iban levantando sus persianas y el barrio terminaba de despertar. Resolvió la carne, la bebida, el pan, la fruta y la verdura. El helado quedaba para después.
Volviendo lo tentó el diario que prometía abundantes fotos del partido de la noche de sábado, donde Bochini y Alonso hicieron de las suyas en un fantástico Independiente 4 River 3, que consagró campeón de verano al rojo de Avellaneda. Decidió comprarlo y regalarse un rato más de mate y jardín, si Nahuel lo permitía.
Tan ameno momento aplacó su ansiedad y en vez de ir a la sección deportes prefirió hojear la publicación. En eso andaba cuando sintió que el corazón se le estrujaba y que su nuca era la primera línea de fuego ante una ventisca polar.
El auto completo había sido alcanzado por los impactos, y los cuerpos acribillados de Esteban y Sabrina no mostraban siquiera el respeto de una manta sobre ellos. El descampado periurbano donde se había montado la escena era tenebroso y el título desoladoramente esperable… “Enfrentamiento: extremistas abatidos”. No pudo seguir. Sabía que nada diría sobre un bebé de un año.
Autor
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Chino Durruti (Martín Vigliecca), nació en la Ciudad de Buenos Aires en 1979. Es
Licenciado en Geografía por la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde también realizó estudios de Historia y Economía. Es docente de educación media y autor y editor de materiales escolares y de divulgación científica en Ciencias sociales.Es autor de poemarios (Cuarenta y cinco equinoccios de primavera), de cuentos breves (No tener y tener) y de cuentos infantiles (Frida, la panterita bizca).
