Turistas
por CHRIS COSTANZO
Detuvo la mirada sobre su pierna, que salía de entre las sábanas.
Ella aún dormía, plácida, sin tener idea del mundo, soñando. A ella le gustaba soñar, y también le gustaba mentir.
Cuando me contaba sus sueños, siempre, entre ellos, aparecía algo de poesía: un poema citado, un autor. Amenizaba sus declaraciones con sonrisas infantiles que parecían derretir incluso el metal, con su encantadora voz de princesa.
Cuando mentía, decía que yo era alguien importante en su vida, que seguramente algún día lograría algo escribiendo, pero ambos sabíamos que eso no era cierto.
Para escribir y ser reconocido no hace falta talento, hace falta suerte. Algún desadaptado que encuentre su hábitat en lo que escribes, gente loca que necesita héroes, y ahí van y les ponen héroes, de esos que escriben lo que todo el mundo sabe. Luego vienen los cheques, las regalías, toda la mierda de marketing que los pone en el podio de los más amados y más odiados.
Yo estaba muy lejos de todo eso. Trabajaba barriendo calles. De noche escribía, eso cuando había tiempo, cuando no estaba en alguna fiesta, drogado, sentado en un sofá, coqueteando con la mujer de algún desprevenido, luego desapareciendo en medio de la noche, metiéndome en problemas.
Sin embargo, que mintiera y me hiciera creer que sería un escritor conocido, con plata en los bolsillos, olvidando los trabajos de mierda, dedicando mi vida a recibir cheques, comprar marihuana, comer completos en carritos perdidos en alguna población…
Las luces rojas de la sirena de los pacos se quedan sobre mi cara un rato, luego se van, como todo. Volver a donde esté viviendo, encender un cigarro, fumarlo y llamar por teléfono a alguien. Invitarla: Ven, vamos a coger un rato y fumar yerba. Puedo cocinarte los mejores bajones del planeta, baby, en serio… Solo… Ven…
—¿Qué?
Pues bien, nena, alimenta a tu marido. A la mierda con esto.
Se corta la llamada.
La llamada, las ganas de salir al mundo, la humillación en su estado más colérico, el rostro del corazón perturbado. No tarda en tomar el teléfono de nuevo. Espera. Mira una mosca que se soba las manos antes de iniciar algo. Contestan.
—Hola, sí… Bien, bien, pensando en ti, ¿sabes?
Él también sabe mentir y se le da bien. Camina por la casa descalzo, va al refrigerador, lo abre, toma una cerveza, cierra. La luz que entra por la ventana de la cocina es la misma que baña la selva que es el patio de la casa: un espacio de verdes enredaderas que se encumbran por encima de varas de madera rectangular, perfectamente acomodadas, ideal para que la naturaleza cubra con su manto de bondad el espacio cedido para brotar. Sillones rústicos, cojines, una mesa en medio donde reposa el único cenicero, tan grande como un plato.
Le gusta coger ahí. Dice que la naturaleza tiene algo especial con eso. A lo mejor es solo una idea estúpida, pero pretende creer en ella y defenderla, simplemente porque pensarlo lo hace sentir bien.
Bebe su cerveza y se anima por la visita. Se quita la ropa ahí mismo y se va hasta la ducha. Necesita enfriarse. Su mente evoca el último encuentro y necesita enfriarse.
Sonríe y piensa en que no volverá a coger con ella. Su decencia no se lo permitiría. Ella es una de esas señoras bien, soñadoras, dueña de casa, con sangre que le corre por las venas, que se calienta como cualquier ser si le provocan con las palabras adecuadas.
Sin embargo, para ella esto no es más que un paréntesis, un espacio de tiempo que jamás ocurrió, jamás. Ella se mortifica pensando en que jamás podrá olvidarlo, y por eso mismo, cada cierto tiempo en el futuro, probablemente vuelva a las horas previas a su sueño, donde se supo deseada, hasta el cansancio que hace a Morfeo estirar su mano para escapar de semejante animal de hambre insaciable.
Piensa en el desastre que significan los puntos suspensivos entre paréntesis. Podría ser cada uno ella, en diferentes pensamientos y acciones, disfrutando ser disfrutada, devorando y siendo a la vez devorada, como tantas veces fue notificada por el hombre, que, no conforme con beber estrellas, quiso abrazar al sol, incinerándose en su fuego.
La vida es cruel, piensa mientras la mira, y guarda en todos los cajones de la memoria imágenes de ella, porque sabe que esto es ahora y nada más, sin repetición. Y es importante aceptar su lugar en el mundo.
Algunas veces tenemos suerte; otras, parecemos vivir en una extraña película y las cuestiones más increíbles llegan a ocurrir, como por ejemplo este encuentro.
Imagino que secretamente hablará de esto con alguna chica de confianza en su taller de lectura. Solo espero que me recuerde al menos con cariño y que, cuando me vea en la calle, me salude.
Me conformo con escucharla de nuevo, aunque jamás pueda volver a tocarla. Su voz será el espacio que usará mi imaginación para tenerla.
Autor
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Chris Costanzo es un escritor influenciado por el realismo sucio, la música y la cotidianidad sin filtros. Su obra, inspirada en autores como John Fante y Charles Bukowski, explora la crudeza de la vida con humor ácido y sensibilidad. A través de la poesía y la narrativa, transforma lo banal en algo significativo, dando voz a personajes marcados por la desolación y la ternura.
