“Ahora él está acá”, dijo alguien entre lágrimas

Por Sergio Bonomo

A la memoria de Guido Eduardo Costa

         “Qué razón de ser, me habrá puesto piel, en la inmensidad”, dice Spinetta. Suena vertiginoso: lo mínimo frente a lo inabarcable. La materia palpable, en contraste con lo indecible.

Hace unos días falleció un amigo, muy joven, en un accidente doméstico. Con él compartí guitarreadas, trabajo, bares en donde el alcohol y la risa fundan complicidades. Y de un día para otro -o de un segundo para otro- todo se derrumbó: un mundo concreto de posibilidades, de encuentros, de mensajes y llamados, se esfumó para siempre, pasó a formar parte de lo que ya no existe.

 Y es que la muerte así -absurda, fatal por definición-, nos coloca inevitablemente frente a ciertos interrogantes: ¿Qué es la vida? ¿Cuál es su sentido?

Esta tragedia repentina me llevó en forma directa hacia aquellas frases hechas que decían nuestras abuelas, y que escuchábamos burlonamente con un dejo de ironía: “no somos nada” “hoy estamos, mañana no”.

Ante el acontecimiento irreversible, que aparece con esa prepotencia de lo consumado para siempre, la revelación de lo efímero y lo frágil se abría paso bajo la mascarada del saber popular.

Aquellas abuelas no lo sabían, pero en esas sentencias se insinuaba algo muy cercano a lo que más tarde leería en Heidegger: que la muerte, siempre posible e imprevisible, nos obliga a mirar de frente nuestra finitud.

Dos mundos distintos arribando, quizá, a una misma intuición.

 No vi el cadáver de mi amigo, no estaba en mi ciudad en el momento de su muerte, y cuando volví la ceremonia fúnebre ya había tenido lugar.

Con un grupo de amigos decidimos entonces ir al cementerio. El calor arreciaba ese día, la furia de enero se ensañaba con Buenos Aires.

Nos encontramos en la puerta y caminamos por esas calles vacías, rodeados de cruces, árboles, monumentos de ángeles y mausoleos imponentes. La galería de nichos se encontraba bastante alejada y tardamos en llegar.

Después de consultar varias veces el teléfono con las indicaciones, encontramos la tumba.

Nos sentamos en semicírculo frente a un mármol helado -que todavía no tiene nombre ni insignias por lo reciente del final-, y del que sobresalía apenas un puñado de ramilletes marchitos.

Abrimos unas cervezas y las bebimos ahí, en honor a ese que ya no podía vernos ni oírnos, pero ante el cual brindamos por última vez.

La escena puede resultar bizarra para aquellos que la imaginen, pero acaso toda nuestra cotidianidad no sea más que un grotesco constante, una sátira inútil que, al estar tan inmersos en ella, apenas si lo notamos.

“Ahora él está acá”, dijo alguien entre lágrimas, pero pienso que eso es del todo falaz, quizá porque ni yo mismo sé dónde estoy ahora. Tal vez la muerte nos vuelva extraños, incluso para nosotros mismos.

Sin embargo (y a pesar de todo), en ese ritual improvisado frente a los despojos de una persona que rio, luchó, se apasionó y latió, pude rescatar, si se quiere, un atisbo de esperanza, un rayo de luz: aquel día llegué al cementerio cargando una sensación de derrota, de amarga soledad, pero me fui aliviado, ya que pudimos conversar sobre los momentos vividos, inclusive bromear, porque a veces el humor también puede ser un escudo y un arma contra el olvido.

En la conversación -imaginen otra vez la escena-  afloraron recuerdos, risas, y por un instante todos tuvimos -estoy seguro, aunque no lo hablamos entre nosotros- la sensación, efímera pero inequívoca, de que podíamos escamotearle algo a la muerte. No sé, tal vez una mínima batalla en medio de una guerra perdida.

No está tan mal, después de todo.

Frente a la ausencia y la fragilidad de lo que somos, frente a este pender de un hilo de nuestras vidas, la pregunta por el sentido vuelve una y otra vez. Quizá no para ser respondida, sino para acompañarnos en este breve -aunque maravilloso- transcurrir.

 

Autor

  • Sergio Bonomo. Escritor y bibliotecario. Trabaja en la Ciudad de Buenos Aires.

    Durante la década del noventa dirigí la revista de poesía Contrahabla.

    También me dedico a realizar espectáculos de narración oral, y coordiné por mucho tiempo el ciclo de narración de cuentos Mester de Juglaría, en "The Classic".

    Con "Historia de Extramuros" obtuve el premio al autor local en el Primer Certamen Nacional de Cuentos “San Martín 2008”, organizado por la municipalidad de General San Martín. Ángela Pradelli, Agustín Romano y Fernando Sorrentino fueron los miembros del jurado.

    Mi relato “Fairlane” resultó finalista en el Premio Domingo Santos 2010,

    organizado por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror.

    En dicho concurso, fui el único autor finalista de nacionalidad no española.

    Publiqué cuentos y poesías en diversas revistas y periódicos, sobre todo en Revista Axxón Ciencia Ficción. Y del 2015 al 2020 formé parte de su equipo de redacción.

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