Amplificación del Universo

Por Paula Rubio
El existencialismo visto desde la ciencia adquiere una profundidad especial.

En este artículo contrastaremos el pensamiento de la astrofísica con el concepto de existencialismo y de neoexistencialismo. Para ello he considerado el trabajo de dos físicos: Brian Cox, físico de partículas y divulgador británico, y Carlo Rovelli, físico teórico, académico y escritor italiano. Ambos son reconocidos comunicadores científicos dedicados a acercar el conocimiento del cosmos al público general.

Representación de conceptos complejos de la conciencia humana, el cosmos y el flujo del tiempo.
@Imagen generada por IA

Este texto no pretende ser un análisis exhaustivo de esta particular mirada ni de este cruce de mundos, pero sí busca adentrarse en dos experiencias que comparten una misma inquietud: la búsqueda y comprensión de la existencia humana. Aparentemente lejanos, aquí veremos y comprobaremos que, en muchos aspectos, estos enfoques terminan reforzando el pensamiento filosófico del otro. Es importante señalar también que sólo aparecen algunas citas textuales de los autores; el resto del texto desarrolla formulaciones  e ideas que han expresado en libros y entrevistas, especialmente Rovelli en El orden del tiempo y Cox en documentales como Maravillas del universo.
Lo primero que conviene mencionar es que ni Brian Cox ni Carlo Rovelli suelen definirse como “existencialistas” en el sentido clásico del término, tal como lo pensaron Sartre y Camus. Sin embargo, ambos científicos han formulado reflexiones muy profundas sobre la existencia, el sentido, el absurdo y nuestro lugar en el universo. Sus planteamientos sugieren que, en un universo vasto e indiferente, la conciencia humana y la vida adquieren una condición singular: son valiosas precisamente por su carácter frágil y autodeterminante.

Afiche promocional de la charla Emergencia de Brian Cox, Atenas, 2026

El término “absurdo” no suele utilizarse en la ciencia con esa palabra —más propia de Camus—, pero tanto Rovelli como Cox han formulado ideas que rozan directamente esa experiencia. En muchas de sus reflexiones aparece la imagen de un universo sin intención, sin centro y sin privilegios humanos.
Cox describe el universo como un lugar impersonal, sin un propósito humano predefinido y sin un centro físico. De esta manera se aproxima a una visión existencialista radical: el absurdo aparece como una forma de insignificancia cósmica. Se acerca aún más a esta idea cuando enfatiza nuestra pequeñez y contingencia al afirmar que:
“No hay razón para que estemos aquí. Somos sólo el resultado de procesos físicos que no tenían en mente producirnos”.
El físico no se detiene allí. Asegura que, en la vasta escala del cosmos, la existencia del ser humano es apenas un instante casi invisible. A primera vista, esto parecería desmantelar cualquier idea de centralidad humana: no queda ninguna certidumbre metafísica. Sin embargo, conviene no apresurar conclusiones y observar cómo se desarrollan posteriormente estas premisas.
Cox suele insistir en dos ideas fundamentales. La primera: “Somos una fluctuación temporal en un universo que existía mucho antes y continuará mucho después”.
La segunda: “No vemos evidencia de diseño ni de intención; sólo vemos leyes naturales actuando”.
Para el físico de partículas, el existencialismo aparece así como la ausencia de un propósito externo irrevocable. Pero, a pesar de esta aparente indiferencia cósmica y de nuestra insignificancia espacial, Cox introduce una dimensión inesperada: la capacidad humana de comprender el universo mediante la ciencia convierte la existencia en algo profundamente hermoso, significativo y valioso.
Rovelli: lo absurdo y la extrañeza
Cuando Rovelli habla del “absurdo” en términos de “pérdida del centro” —es decir, la eliminación de puntos de referencia absolutos en el universo— desarma muchas de nuestras certezas. Esta idea suspende cualquier noción de una realidad sólida y estable, y con ello desaparece la posibilidad de un fundamento último al que lo humano pudiera apelar.
La pérdida del centro se relaciona con uno de los principios más profundos de la física moderna: la inexistencia de un “aquí” y un “ahora” universales. Estamos, en efecto, ante el horizonte conceptual de la relatividad. Lo que llamamos presente es local —del mundo—, no absoluto —del universo—.
El tiempo compartido es, en cierto sentido, una ilusión. Esto constituye otro golpe a nuestra sensación intuitiva de existencia.
El tiempo no fluye como creemos. La diferencia entre pasado y futuro no está inscrita en las leyes fundamentales de la naturaleza. El universo, en sí mismo, no distingue. Tampoco existe un “yo” sólido: somos configuraciones temporales en cambio continuo.
En El orden del tiempo aparece una idea que roza directamente el absurdo existencial:
“El mundo es más extraño de lo que nuestras intuiciones nos permiten imaginar”.
En Rovelli, el absurdo no se presenta como desesperación, sino como asombro ante la pérdida de toda estructura fija.
La frase sugiere algo aún más profundo: no sólo el mundo es extraño, también lo es nuestra capacidad para imaginarlo. Nuestra comprensión tiene límites. Esto introduce una dimensión casi trágica y, al mismo tiempo, profundamente humana: nunca poseeremos completamente el mundo.
Allí se condensa gran parte del vértigo existencial que atraviesa el pensamiento de Rovelli. Aunque la formulación exacta pueda variar según la traducción, la idea recorre todo el libro «El órden del Tiempo» de principio a fin.
¿Qué significa entonces que el mundo sea “más extraño”?
No se trata de una rareza superficial. Rovelli habla de una extrañeza estructural. Nuestra intuición cotidiana nos dice que somos entidades definidas que persisten en el tiempo. Sin embargo, la física contemporánea desmantela esas intuiciones.
No existe un “ahora” universal. El presente no es una estructura del universo: es local, relativo a nuestro entorno. Esto ya es profundamente desconcertante. El “ahora” no es algo cósmico, sino perspectival.
Esta idea toca directamente lo existencial: si el tiempo no es fundamental, ¿qué significa entonces vivir en el tiempo?
Rovelli insiste en que la realidad no está compuesta por entidades sólidas independientes, sino por relaciones dinámicas. Nuestra mente busca objetos; el universo parece funcionar como procesos.
 La idea del yo
Rovelli tiende a diluir la noción de un “yo” separado, lo que conecta tanto con ciertas corrientes existenciales como con algunas tradiciones filosóficas orientales.
El absurdo, en el sentido camusiano, aparece cuando nuestras estructuras mentales buscan coherencia estable y el mundo no la ofrece.
Rovelli no afirma que el mundo sea irracional. Propone algo más inquietante: nuestra forma natural de comprenderlo es insuficiente.

Carlo Rovelli, físico teórico italiano

El mundo es más extraño pero también más hermoso
El mundo no encaja en nuestras categorías básicas. No hay centro, no hay marco temporal universal, no hay sustancias permanentes. Y quizá lo más perturbador: no hay un “yo” fijo separado del resto.
Esto genera una suerte de desfondamiento ontológico.
En la tradición existencialista, el vértigo aparece cuando se pierde la certeza metafísica: desaparece el suelo, se derrumba la idea de propósito, se desarma la estructura estable del mundo.
Rovelli no introduce deliberadamente la angustia, pero su física produce algo parecido. El mundo no es como parece. Lo que creemos más obvio —el tiempo, la solidez, la continuidad— resulta ser lo más engañoso.
Esto es profundamente desestabilizador. Sin embargo, aquí aparece una diferencia crucial con el nihilismo: Rovelli no concluye que todo sea absurdo y vacío. Su conclusión es más sutil.
El mundo es más extraño, pero también más hermoso.
La extrañeza no implica ausencia de sentido. Significa que el sentido no está donde creíamos encontrarlo.
Hay en esto una forma de humildad epistemológica. Nuestra mente evolucionó para sobrevivir, no para comprender la estructura última del cosmos. Y aun así, podemos comprenderlo parcialmente.
De ahí surge una mezcla fascinante: desorientación y asombro, una dimensión existencial profunda, y sin embargo ese asombro también produce una intimidad con el cosmos.
Si el mundo es más extraño de lo que imaginamos, entonces nuestra identidad no es fija, nuestra percepción del tiempo es parcial y nuestra experiencia de continuidad es construida. Bajo estos preceptos, el “yo” no sería un núcleo sólido, sino un proceso: una impermanencia constante.
Cox y el neoexistencialismo
Como hemos visto, Rovelli desmantela categorías fundamentales: el tiempo, el objeto y el yo. El absurdo aparece porque aquello que creíamos básico deja de serlo.
Brian Cox, en cambio, enfatiza otro aspecto: la indiferencia del cosmos. En su caso, el absurdo surge de la ausencia de propósito y de la pequeñez humana frente a la escala del universo.
Sin embargo, Cox introduce un giro interesante cuando afirma que, a través del ser humano, el cosmos encuentra una forma de conocerse a sí mismo.
Rovelli, por su parte, escribe:
“No estamos fuera del mundo observándolo: estamos dentro de él, somos parte de él”.
“El mundo no es una máquina fría y sin sentido; es un proceso vibrante del que formamos parte”.
“Somos parte del universo que se observa a sí mismo”.
Desde esta perspectiva, la realidad no es una colección de cosas, sino una red de relaciones.
El absurdo no consiste en que “la vida no tenga sentido”, sino en que la estructura misma de la realidad es más inestable y relacional de lo que nuestra mente desea.
Y sin embargo, estamos dentro de esa red.
Somos procesos, no cosas.
Cox lo formula de otra manera:
“No hay evidencia de un propósito cósmico, pero eso no hace que nuestras vidas carezcan de significado. El significado lo construimos nosotros”.
“En un universo gobernado por las leyes de la física, nuestra existencia es un fenómeno extraordinariamente improbable y, sin embargo, aquí estamos”.
Su enfoque es claro: el universo no tiene intención, pero eso no elimina la maravilla ni la posibilidad del significado humano.
En este sentido, Brian Cox propone una mirada cercana al neoexistencialismo. En un universo vasto e indiferente, la conciencia humana adquiere un valor singular. La búsqueda del conocimiento científico y la comprensión de nuestra propia fragilidad se transforman en dimensiones fundamentales de la experiencia humana.
Sentido creado por la conciencia: el universo no posee un significado intrínseco; el sentido aparece porque nosotros existimos y pensamos.
Valor de la ciencia: el pensamiento racional y la evidencia se convierten en herramientas esenciales para comprender la realidad y orientar la sociedad.
Cox se define como alguien sin fe personal, centrado en la experiencia humana y en la comprensión científica del mundo.
Su enfoque combina la física de partículas con una visión profundamente humanista, subrayando la responsabilidad humana en la creación de significado.
Para Cox, la gran pregunta sigue siendo la misma: cómo comprender nuestra existencia y el origen de la vida. Y en esa búsqueda, la ciencia no elimina el misterio; lo vuelve aún más fascinante.

Brian Cox, físico de partículas, investigador y académico británico

Autor

  • Destacada artista visual chilena. Vive y trabaja en Santiago de Chile.

    Titulada en Licenciatura en Artes Plásticas, mención escultura,
    de la Universidad de Chile. El año 2013 y 2014 cursa el Magíster en Artes Visuales de la misma casa de estudio.

    Desde el año 1985 ha expuesto en diversas galerías y Museos de Arte en Santiago de Chile. En el año 1988 realiza su primera exposición individual en Galería Espaciocal.

    En los años 2000 y 2004 obtiene la Beca Nacional Fondart.
    El año 2005 obtiene el primer lugar en la Bienal de Arte Contemporáneo, categoría escultura. Arad-Rumania.
    En los años 1988, ´99, 2000 y ´04 ha expuesto individualmente su obra en prestigiosas galerías de Santiago de Chile.
    Desde el año 1986 hasta la fecha, ha participado en muestras colectivas en el extranjero; tanto en Argentina, Perú, Ecuador, México y en La Paz, Bolivia (Bienal Siart). Así como también en Europa; Austria, España, Holanda, Rumania, Alemania, Polonia y Medio Oriente.

    Su trabajo ha sido publicado en diversos catálogos y libros de Arte Contemporáneo en Chile. El 2015 pasa a formar parte de la Colección del Museo de Bellas Artes en Santiago de Chile.
    Del 2016 al 2020 ha realizado diversas intervenciones en el espacio público en Santiago de Chile.

    Del 2018 hasta la actualidad ha trabajado en diferentes Murales en la Corporación Parque por la Paz Villa Grimaldi, centro de tortura y desaparición forzada durante la dictadura militar en Chile, inscrito dentro del Circuito de Sitios de Memoria.

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