Berlin, Alexandreplatz

Por Andrés Palma Buratta
Franz Biberkopf podría haber salido de la cárcel en junio de 2026, después de cumplir una condena de cuatro años y un día por el feminicidio de su pareja. Podría haber salido y enfrentado una sociedad igual de violenta que la que lo formó, sin promesas reales de reinserción, sin posibilidad alguna de redención, en pleno siglo XXI, y nadie se hubiese extrañado.

@Cartel promocional de Berlin, Alexandreplatz de Rainer Werner Fasbinder. 

Podría haberse dejado seducir, alternativamente, por movimientos anarquistas y de ultraderecha, en busca de pertenencia, de identidad, de algo a lo que llamar propio y nadie lo hubiese dudado. Podría haber sentido, en algún momento, la necesidad de volver a la cárcel en vez de seguir viviendo en un mundo que lo desprecia y que desprecia. Pero Franz Biberkopf no es un hombre del 2026.  Franz Biberkopf es el protagonista de Berlin Alexanderplatz, la novela escrita por Alfred Döblin en 1929 y llevada a la televisión por el director Rainer Werner Fassbinder en 1980 (entre tantas otras adaptaciones cinematográficas), cincuenta años después de la novela, convertida en trece episodios de una hora de duración y un epílogo. Berlin Alexanderplatz de Fassbinder no es solo una traslación fiel del texto de Döblin, sino una relectura que insiste en la misma pregunta: ¿por qué este hombre, con toda su voluntad de cambiar, no puede (o no quiere)? Lo extraordinario de esta historia es que podría estar ocurriendo ahora mismo, casi 90 años después de publicada y nadie lo pondría en tela de juicio.

La novela comienza con la salida de prisión de Franz Biberkopf y sigue su desdicha mientras intenta labrarse un futuro en los submundos de Berlín, en el barrio obrero de Alexanderplatz, con la firme intención de convertirse en «un hombre nuevo». Sin embargo, la sociedad, sus tentaciones, su violencia, su indiferencia, lo devuelve siempre al mismo lugar, borracho tirado en una banca afuera de la cárcel donde pasó cuatro años de su vida, y donde, al parecer, fue más feliz que en el exterior. Biberkopf no fracasa por maldad ni por estupidez, fracasa porque es, en el sentido preciso que le darían dos contemporáneos de Döblin, el hombre mediocre y el hombre-masa.

Anatomía del hombre-masa

La pregunta la habían formulado, con distintas palabras, dos intelectuales que escribieron en la misma época que Döblin. Por un lado, José Ingenieros, años antes, desde el positivismo latinoamericano, diagnosticó el problema moral del individuo publicando El hombre mediocre (1913), donde describe a un individuo incapaz de usar la imaginación para concebir ideales. Sin horizonte propio, el mediocre se vuelve sumiso a la rutina, a los prejuicios, a las conveniencias, se disuelve en el rebaño sin cuestionarlo. No es un villano, no llega a tanto, es, simplemente, alguien que nunca aprendió a querer algo más grande que su comodidad. Catorce años después, José Ortega y Gasset, desde el conservadurismo liberal europeo, publica La rebelión de las masas (1927) y retrata al mismo personaje desde otro ángulo, el hombre-masa, aquel que ha sido vaciado de su propia historia, que exige todos los derechos sin reconocer ninguna obligación, que se cree el centro del mundo sin haber creado ni conservado nada de lo que hace posible ese mundo. Es, escribe Ortega, un hombre “sine nobilitate” un snob en el sentido más hondo del término. Döblin, desde la literatura expresionista alemana, lo encarnó en un personaje de carne y hueso que camina por Berlín, bebe, pelea, ama mal y fracasa con una consistencia que resulta casi metódica. Döblin, le puso nombre y apellido a este hombre: Franz Biberkopf. Los tres coinciden en lo esencial. Hay un tipo de hombre que no puede, o no quiere, ser sujeto de su propia historia. Y ese tipo de hombre no es la excepción, es la norma. Biberkopf es los dos a la vez, tiene la docilidad del mediocre de Ingenieros y el vacío interior del hombre-masa de Ortega.

Weimar, o cuando la rabia encuentra bandera

Los tres libros se publicaron en la antesala de una catástrofe que ya se podía oler. La Europa de los años veinte era un continente exhausto por la guerra, sacudido por la inflación y la crisis, con democracias frágiles que prometían estabilidad sin poder garantizarla. En ese vacío prosperaron las masas que describían Ingenieros y Ortega, fáciles de movilizar, ávidas de pertenencia, dispuestas a entregar la libertad a cambio de certezas simples. El fascismo les ofreció exactamente eso. La técnica les dio los altavoces. El liberalismo clásico, que apostaba por el individuo racional, no supo (o no pudo) responder a hombres que no querían ser individuos, sino parte de algo más grande, aunque ese algo fuera una mentira. Rainer Werner Fassbinder, que filmó su serie en 1980 desde la Alemania que había sobrevivido ese colapso, sabía que la historia de Biberkopf no era un documento histórico, era una advertencia vigente, tan vigente, que ahora resulta aterradora.

La Alemania en que vive Franz Biberkopf es un experimento político que ya está fallando cuando él sale de la cárcel. La República de Weimar, fundada en 1919 sobre las ruinas del Imperio y el trauma de la derrota en la Primera Guerra Mundial, intentó ser la primera democracia liberal alemana. Lo hizo en las peores condiciones posibles, una economía destruida por las reparaciones de guerra, una hiperinflación que borró los ahorros de la clase media en meses, una sociedad fragmentada entre comunistas, socialdemócratas, nacionalistas y una derecha radical que crecía con cada crisis. La Gran Depresión de 1929, el año de la novela, fue el golpe de gracia. En ese contexto, el fascismo no fue una irrupción irracional, fue una respuesta emocionalmente coherente para hombres que se sentían traicionados por las instituciones, despreciados por las élites y abandonados por la historia. Algo que, lamentablemente, suena muy actual.  Biberkopf encarna esa vulnerabilidad, es exactamente el tipo de hombre que describían Ingenieros y Ortega, alguien que no tiene ideales propios y que, cuando aparece alguien dispuesto a darle una identidad colectiva y un enemigo claro, lo sigue sin dudar. A lo largo de la novela vende el periódico del partido nazi, no por convicción, sino porque necesita comer. Se deja arrastrar por el crimen organizado, no por maldad, sino porque es el único mundo que le ofrece pertenencia. Sus fracasos no son morales en el sentido convencional, son el fracaso de alguien que nunca tuvo las herramientas para ser otra cosa. La sociedad que lo rodea no se lo permite y, lo que es más oscuro, tampoco él se lo exige a sí mismo.

Fassbinder filmó el pasado para acusar al presente

Cuando Fassbinder decide adaptar Berlin Alexanderplatz para la televisión entre 1979 y 1980, lo hace desde una Alemania que ha sobrevivido el nazismo, pero no ha terminado de procesarlo. La necesidad de hurgar en la historia no contada de Alemania durante el período de entreguerras generó descontento en un público alemán que trató de resaltar defectos técnicos en oposición a una obra que mostró sin tapujos esa sociedad y ese momento histórico que precedieron al nazismo, un poco como toda la filmografía del director alemán. La Alemania Occidental de los años setenta era una democracia próspera y profundamente amnésica. El «milagro económico» había producido exactamente el tipo de hombre que Ortega temía, uno que disfruta del bienestar sin preguntarse cómo se construyó, que reclama comodidad sin reconocer la deuda histórica que la hizo posible. Rainer Werner Fassbinder nació en 1945, apenas consumada la rendición nazi en la Segunda Guerra Mundial. Estaba, en ese sentido, destinado a cargar con la historia que Alemania prefería no contar. Poseía un talento infalible para captar el espíritu de la Alemania de posguerra, hurgando como nadie lo había hecho hasta entonces en la trastienda del «milagro económico alemán» y en sus demonios, legados por el fascismo. En ese contexto, Fassbinder tampoco era un observador externo. Conocía personalmente a varios miembros y asociados de la RAF desde sus días en la escena cinematográfica y teatral de vanguardia en Múnich. También retrató los asuntos sociales de su época, como el terrorismo de extrema izquierda de la RAF, participando en la película colectiva “Deutschland im Herbst” (Alemania en el otoño), junto con otros directores más bien de izquierda, para dar su punto de vista sobre la muerte de tres miembros de la RAF en prisión en 1978 y sobre la radicalización del gobierno alemán en materia de seguridad. El cine de Rainer Werner Fassbinder, en general, estaba lleno de personajes que vivían en los bordes, de moral ambigua que sufren crisis de identidad, confusiones y trampas. Esa obsesión por la identidad fracturada es la clave para entender su Biberkopf. A diferencia de Döblin en su novela original, Fassbinder no está tan interesado en el descubrimiento de la realidad exterior de Berlín sino en la realidad interior del personaje, sus contradicciones, sus deseos imposibles, su violencia que es también autoviolencia. Como señaló un crítico, «el año 1929 está ocurriendo simultáneamente con 1979” y ahora agregaríamos, está ocurriendo en pleno 2026 con la ascensión al poder de lideres megalómanos, mesiánicos y profundamente violentos. En su serie, Fassbinder no filmó un período histórico, filmó una condición permanente.

Oscura y morbosa: «Alexanderplatz» de Fassbinder rompió con la estética televisiva convencional.
(@dpa-Bildarchiv / Giehr)

Lo que une a Ingenieros, Ortega, Döblin y Fassbinder no es una teoría política sino una observación antropológica. Hay un tipo de hombre que las sociedades modernas producen en serie y que luego no saben qué hacer con él. No es un monstruo. Es alguien a quien le han fallado las instituciones, la educación, la economía y la cultura, y que en ese vacío encuentra lo que puede, un rebaño, un resentimiento, una identidad prestada. En los años veinte ese vacío lo llenó el fascismo. En los setenta y ochenta lo intentaron llenar la RAF por la izquierda y los neofascismos por la derecha, con idéntico fracaso. Hoy lo llenan los movimientos de ultraderecha que crecen en Europa y América con una retórica que no ha cambiado sustancialmente en cien años, la promesa de devolver la grandeza a quienes sienten que se la han robado, la identificación de un enemigo externo, la oferta de pertenencia a cambio de obediencia. Franz Biberkopf podría votar hoy en cualquier país, quizás, en direcciones contradictorias. Se dejaría arrastrar por el discurso que más rabia le produjera en ese momento, sin convicción ideológica profunda, buscando menos un programa político que una respuesta emocional a la sensación de ser prescindible. No sería un fanático, sería alguien que encontró, por fin, algo a lo que llamar propio. Eso es lo que Ingenieros llamó el rebaño, lo que Ortega llamó la masa, lo que Döblin narró y lo que Fassbinder filmó. Y es, también, lo que ninguno de los cuatro supo cómo resolver.

Franz Biberkopf podría caminar hoy por cualquier ciudad de cualquier país europeo o latinoamericano y pasaría desapercibido. Querría ser un hombre nuevo y volvería a fracasar en el intento, no por falta de voluntad, sino porque nadie le enseñó, (ni en 1929 ni a finales de los 70, ni en 2026) a imaginar un futuro que no le hubieran dado ya hecho. El hombre mediocre, el hombre-masa, siempre ha estado, está y estará entre nosotros. La pregunta que dejaron no es ¿quién es Biberkopf? La pregunta es qué hacemos con él, y qué hacemos con las sociedades que lo producen en serie.

Autor

  • Director y guionista cinematográfico, autor de historias sencillas y profundas. Nació en Roma, Italia en 1980 y a los 12 años se traslada a vivir a Chile. Ha sido productor en distintas películas independientes como «Una parte de mi vida», «Visceral», «Día de descanso» y «La Voz Humana».  Su ópera prima como director «Cassette» nos transporta al mundo distópico de una sociedad subterránea. Como guionista escribió la serie de ficción #HoySoyNadie. Fue director Creativo/Audiovisual en la casa productora Camaleón Films y FilmakersMediaContent. Es fundador y director de contenidos de Filmakersmovie.com. Reflexionario es su primera publicación literaria. Actualmente vive y trabaja en México.

Scroll al inicio