La conquista de Helena
Por Cristian Sánchez
Helena quedó pegada a la imagen que le devolvió el espejo. Desistía de las tareas de siempre una vez más. Arremetía en ella una fuerza devastadora. Atada al brillo luminoso de sus ojos, evaluó la manera de tenerse sin dejar de ser quien era. Sabía cierta esa posibilidad, pero debía evaluar el método y soportar el lapso temporal que se imponía. Observaba la imagen que adoptaba su pose frente suyo. Se vanagloriaba por los atributos heredados, por la sensualidad felina que enloquecía a los hombres y despertaba miradas envidiosas en las mujeres por las calles de su barrio. Miró su curvatura pronunciada a la altura de la cintura. Pasó su mano por el pelo lacio y negro que le llegaba debajo de la nuca esbelta y fina. Se puso de lado para ver su nariz pequeña y en punta, finamente terminada, sus mejillas rozagantes y sus pestañas negras y arqueadas.
Nada la distraía más que su imagen. Se veneraba. Soltaba suspiros, satisfecha pero inconclusa. La humillante contemplación voyerista la mal predisponía. Debía ser otra para tenerse a sí misma. Debía desdoblarse para forzarse y someterse a sus impulsos. Pero esa unidad que, como a todos, la caracterizaba, le opacaba las horas. Se reprimía las ganas de tocarse, de acariciarse en presencia de otros. Quería ser otra más que ella para poder avanzar sobre esa otra Helena que la imagen del espejo le devolvía. Y así, poco a poco, fue haciéndose la idea. Comenzó a desligarse diciéndose que no era ella sino otra mujer de cabello rubio, menos contorneada pero más locuaz. Una mujer de carácter, capaz de poseer por la fuerza lo que su deseo le incitaba a obtener.
Se pensó así para para someterse y poder concretar su ensueño solitario. Entrecerró los ojos para atrapar en una imagen, a esa otra que usaría para la posesión. Le dio forma y matices. Se hizo con otros ojos. Se bautizó con otro nombre para no dejar testimonio de la ocurrencia insólita. Quiso perderse por completo para hallar el camino del deseo y concretar su sueño. Tuvo que esperar. Hubo que asimilar y dejar que la idea se haga carne. Y ya roto el cerco de la razón, comenzó a ser esa otra que quiso ser. Y una vez hecha, calzó por sobre su cintura una pollera tableada que le cruzaba las rodillas. Alzó sus manos y tomando el cabello soleado y lleno de rulos, lo ajustó por detrás de la nuca en un rodete bajo. Se olvidó su origen, borrando en la criatura hecha a su imagen y semejanza, la memoria de los días pasados. Y ya de pie en la misma cocina donde Helena se reflejaba, se encaminó buscándola con un hambre voraz y enfermizo.
La vio venir mientras avanzaba. Ella llevaba una cuchilla de trozar carne; Helena, una flor amarilla que esa mañana había cortado de su mismo jardín. Ella escondió el filo de la cuchilla con ambas manos tras su espalda. Lo mismo Hizo Helena con su flor. Era de noche, o casi. Los grillos entonaban una canción fúnebre. La mujer de rodete le dijo que se detenga, que no siga, que tenía algo para decirle. La otra se detuvo. El ceño fruncido era el mismo en ambas mujeres, pero lo que en una significaba anhelo, en la otra era desconcierto o incertidumbre.
— Estoy dispuesta a todo —dijo la mujer de rodete.
Habló, mostrando la cuchilla que había sacado del cajón de los cubiertos. Helena le imitó el gesto, pero para ofrecer no tenía más que una flor. La sujetaba con la punta de los dedos. Era amarilla y la ofrecía como una súplica.
— No quiero que aceptes tu suerte tan fácil —dijo la mujer de cabellos rubios y rodete bajo— podrías intentar convencerme o asesinarme.
Helena tomó con su índice y su pulgar uno de los pétalos de la flor. Lo arrancó del pistilo y lo dejó caer. Hizo lo mismo con cada uno de los restantes, sorteando su próximo instante. Por lo bajo pronunció las palabras que evocaban al mar o a la noche para evitar el desatino. Se abandonó al destino impuesto desde siempre recitando el me quiere no me quiere que todo lo define. Cuando por fin terminó, miró a esa otra que por delante la amenazaba. Dejando caer el tallo de la flor que había sostenido y deshojado, le dijo que estaba lista. La mujer del rodete le pidió que extendiese su brazo. Le mostró cómo hacerlo y Helena entendió. Repitió el gesto y abrió su cuerpo.
— No va a doler —dijo— o sí. No sé, pero no importa.
— Quiero que lo hagas ahora, de una vez y para siempre —dijo Helena.
La mujer apoyó el filo de la cuchilla en el brazo de Helena. Presionó lo suficiente para cortar la carne y comenzó a arrastrar en sentido vertical el filo sobre la piel. Sosteniendo la cuchilla con fuerza fue deslizándola hasta abrirle todo el brazo. Una vez abierto, la soltó y comenzó a desgajar la piel rota. Con una fuerza que desconocía tener lo hizo. Como si estuviese abriendo una fruta. La mujer del rodete vio caer al piso muchos granos de arroz. Millares de granos blancos, esponjosos y tiernos, cocidos. Lo supo, como en una revelación asombrosa e inesperada. Los granos habían duplicado su tamaño. Eso la alentó. La hizo creer que Helena se le había entregado, que el deseo, disímil en sus pretensiones se unía por sus extremos. La otra había juntado sus manos por debajo del brazo de Helena y formando un recipiente con ellas, juntó todo lo que pudo. Luego se lo llevó a la boca.
Helena quiso hablar. Movió sus labios perlados y finos, pero no pudo soltar palabra. Le faltaban fuerzas. La otra sosteniéndola fue dejándola caer. La apoyó contra una de las paredes y le cerró los ojos. Se entregó por completa a la concreción de sus deseos. Había logrado lo que quería. Abrió la piel de Helena que desgajada parecía desinflarse. Con hambre voraz la fue vaciando, la fue poseyendo hasta dejar de ser quien era, hasta ser la sumatoria falsa de una ecuación monstruosa. Y así la deshizo, hasta dejar sobre el brillo de las cerámicas opacas del piso de un comedor despintado y viejo, un manto elástico de piel y un ramillete de pelos negros. Saciada, la mujer de rodete, se dejó caer encima. Adoptó sobre la piel blanca que le servía de alfombra una pose fetal de niña huérfana y perversa. Y allí se dejó estar, hasta que se hizo de noche.
Cuando abrió los ojos entendió todo lo que había ocurrido. Fue al fondo y volvió con una escoba y una pala. Barrió los restos de la otra, esa capa elástica, la costra del globo que antes de pie, estuvo frente a ella. La puso dentro de una bolsa plástica. Abrió la puerta de su casa y la dejó dentro del canasto de basura y viendo el canasto de su vecino vacío, se maldijo por haberse dormido, por no haber sacado la basura antes.
Autor
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Cristian Sánchez nació en San Fernando en septiembre de 1977. Trabaja desde el año 2001 como profesor de prácticas del lenguaje y literatura en distintos colegios de Malvinas Argentinas. En el año 2021 publicó un libro de cuentos llamado Las bestias y en el 2023 otro, llamado La lengua de Ligeia. Ambos de forma independiente.
