Mientras quede algo por ver

Por CHUS RECIO
La mayor parte del tiempo no miramos verdaderamente las cosas: las reconocemos. Basta una forma, una textura o una silueta familiar para que el lenguaje acuda a cerrar la experiencia. Árbol. Piedra. Agua. Pájaro. Paisaje. El reconocimiento es imprescindible para orientarnos, pero toda clasificación tiene un precio: en cuanto hemos nombrado algo, tendemos a sentir que ya sabemos qué es. La palabra integra lo singular en una categoría conocida y convierte parcialmente la percepción en costumbre. La realidad permanece frente a nosotros, pero una parte de ella se vuelve invisible precisamente porque creemos conocerla.

La fotografía introduce una anomalía en ese mecanismo. Cuando hacemos una fotografía creemos saber qué estamos fotografiando. Elegimos un motivo, una distancia, un encuadre; decidimos qué merece nuestra atención y qué relaciones queremos establecer entre las formas. Sin embargo, la imagen puede conservar algo que en el momento de realizarla no habíamos advertido. Registra sin distinguir entre lo que consideramos importante y aquello cuya importancia ignoramos. Una presencia inadvertida, una relación entre elementos o un gesto pueden quedar inscritos en la imagen sin haber formado parte de nuestra intención. Y aquello que entonces carecía de significado para nosotros puede permanecer allí hasta que otra mirada, incluso la nuestra tiempo después, sea capaz de reconocerlo. La fotografía no sabe más que nosotros, pero puede guardar más de lo que nosotros sabemos.

El desfase entre intención y el tiempo

Estamos acostumbrados a pensar la fotografía desde su relación con el pasado. Roland Barthes condensó esa condición en su célebre “esto ha sido”: ante una fotografía sabemos que aquello que vemos estuvo alguna vez delante de una cámara. De ahí su estrecha relación con la memoria, la desaparición y la muerte. Toda imagen conserva la apariencia de un instante que, en el momento mismo de ser registrado, comienza ya a alejarse. Pero precisamente porque aquello que estuvo allí queda fijado más allá del instante en que fue visto, la fotografía adquiere una extraña independencia respecto de la mirada que la produjo. Lo que el fotógrafo no alcanzó a reconocer permanece disponible para otras miradas y otros tiempos.

Ese desfase, que al principio parecía únicamente individual, puede volverse histórico. Una fotografía familiar puede terminar revelando las convenciones sociales de una época; una imagen realizada por razones estéticas adquirir un valor documental inesperado; un paisaje aparentemente estable convertirse en testimonio de una desaparición. Lo decisivo es que la imagen permanece mientras cambia el mundo desde el que volvemos a mirarla. Cada época formula preguntas distintas y dispone de otros conocimientos, otras sensibilidades y otros lenguajes. Algo que en un momento resultaba irrelevante puede convertirse después en la parte más elocuente de una escena, porque antes no estábamos en condiciones de reconocer su importancia. Junto al “esto ha sido” cabría entonces formular otra afirmación: “esto todavía no ha terminado de ser visto”.

Esta idea modifica profundamente la relación entre fotografía y tiempo. La imagen no conserva únicamente una apariencia pasada; conserva también la posibilidad de una lectura futura. No predice nada, pero permanece disponible para interpretaciones que todavía no existen. El presente desde el que fue realizada no posee todas las preguntas capaces de interrogarla. La fotografía se convierte así en una prueba material de que nuestra mirada está siempre situada en un momento determinado y, por tanto, limitada por aquello que ese momento sabe y por aquello que todavía ignora.

Si esto es cierto, el problema ya no afecta solo a las imágenes. También nuestra relación con el mundo está condicionada por aquello que somos capaces de comprender en cada momento. Durante siglos hemos clasificado especies, territorios y formas de vida según criterios de utilidad, peligro, belleza o productividad que parecían evidentes y que después hemos tenido que revisar. Organismos considerados insignificantes han terminado revelándose esenciales para sistemas enteros; espacios aparentemente improductivos han mostrado una complejidad que antes no sabíamos reconocer. La cuestión no es simplemente que otras épocas vieran menos que nosotros, es, también, que nosotros podemos estar pasando por alto, en este mismo instante, aquello cuya importancia todavía no sabemos comprender.

La fotografía puede limitarse, entonces, a reproducir nuestras categorías presentes, pero también puede hacer perceptible esa insuficiencia. Algunas imágenes se entregan de inmediato al reconocimiento y parecen agotarse en aquello que identificamos; otras conservan una zona de resistencia que nos obliga a permanecer. Una rama puede dejar de funcionar únicamente como rama, una superficie de agua como paisaje, una corteza como simple accidente vegetal. No se trata de convertir la realidad en un acertijo ni de hacer de la ambigüedad una virtud en sí misma, sino de interrumpir durante unos segundos la rapidez con la que creemos saber qué tenemos delante. Cuando la familiaridad se suspende, no necesariamente conocemos mejor aquello que vemos, pero advertimos con mayor claridad que nuestra primera lectura no lo agota.

En mi propia práctica fotográfica me interesa cada vez más ese lugar. No fotografiar para confirmar una idea previa, sino permanecer el tiempo suficiente para que la realidad pueda contrariarla. Siempre llevamos con nosotros imágenes, referencias, preferencias y una determinada educación de la mirada; sería ingenuo imaginar una percepción completamente libre de ellas. Pero existe una diferencia entre acudir al mundo para encontrar aquello que ya sabemos reconocer y mantener una cierta disponibilidad ante lo que todavía no encaja en nuestras expectativas. Caminar durante horas sin saber exactamente qué voy a fotografiar se convierte entonces en una forma de desconfiar de mis propias categorías. Muchas veces regreso sin ninguna imagen que considere válida, pero la espera modifica la percepción y hace visibles relaciones más débiles, formas menos evidentes, acontecimientos que una mirada demasiado segura habría descartado.

 

La apertura como resistencia

Esa disposición no pretende alcanzar una mirada libre de categorías, algo probablemente imposible, sino evitar que nuestras categorías se conviertan demasiado pronto en conclusiones. Algunas fotografías hacen perceptible esa apertura desde el momento mismo en que son miradas: no fijan una lectura única, conservan relaciones inciertas o zonas de resistencia y obligan al espectador a reconocer que aquello que tiene delante no se agota en su primera interpretación. Pero esa apertura no termina ahí. Hemos visto que la permanencia de la fotografía introduce una segunda dimensión: una imagen realizada desde una intención concreta puede contener un detalle que su autor no vio, una relación que su época no supo interpretar o un sentido que solo emergerá cuando cambien las circunstancias desde las que es contemplada. La fotografía puede, así, permanecer abierta en dos direcciones: hacia las distintas lecturas que admite ya en el presente y hacia aquellas que solo podrán existir en un tiempo futuro. Lo que llega hasta ese futuro no es únicamente el testimonio de algo que ocurrió, sino algo cuyo significado nunca quedó completamente decidido.

Lo verdaderamente relevante no es solo que una fotografía pueda admitir distintas lecturas o adquirir otras nuevas con el paso del tiempo; es lo que ambas posibilidades revelan acerca de nuestra relación con el presente. Si una imagen puede contener más de lo que somos capaces de reconocer en una primera mirada y conservar además algo cuya importancia solo será visible después, entonces aquello que tenemos delante puede exceder también el conocimiento que poseemos de ello. No sabemos únicamente menos de lo que creemos acerca de lo que las cosas significan; ignoramos también relaciones, valores y posibilidades que quizá ya estén presentes sin haber adquirido todavía para nosotros una forma inteligible. El futuro no introduce necesariamente esas posibilidades desde fuera: en ocasiones se limita a hacer visibles aspectos del presente para los que antes carecíamos de una mirada adecuada.

Una realidad enteramente comprendida y sin espacio para nuevas interpretaciones, sería, en cierto sentido, una realidad terminada. Nada podría aparecer en ella que obligara a revisar nuestras categorías, ninguna experiencia modificaría verdaderamente lo que ya sabemos y el futuro sería solo la prolongación de nuestras certezas actuales. Pero las fotografías desmienten una y otra vez esa pretensión. Ponen de manifiesto que algo puede estar delante de nosotros sin que sepamos todavía qué importancia tiene, que lo aparentemente insignificante puede adquirir un valor inesperado y que aquello que parecía cerrado puede volver a abrirse cuando cambian las preguntas desde las que lo contemplamos.

La fotografía no garantiza que el futuro vaya a ser mejor. No impide la destrucción, no repara aquello que desaparece y no convierte necesariamente en más lúcido a quien mira. Su potencia radica en su capacidad de mostrarnos que ningún presente posee completamente el sentido ni las posibilidades de lo real. Mientras algo pueda ser visto de nuevo, comprendido de otra manera o revelar una importancia que hoy no alcanzamos a reconocer, el mundo no estará enteramente clausurado por lo que creemos saber de él.

Y tal vez sea, en esta imposibilidad de dar por agotado lo real donde comience la esperanza.

Autor

  • Dedicada a explorar los límites de la percepción visual y la relación entre el arte y la filosofía, mi trabajo combina un profundo
    respeto por la naturaleza con una búsqueda constante de la belleza. Con una formación en telecomunicaciones y un doctorado en
    filosofía, mi mirada se nutre tanto del rigor analítico como de la sensibilidad estética.
    A través de un lenguaje visual abstracto y poético, mis fotografías buscan trascender la representación literal para abrir espacios
    de contemplación, donde el color, los detalles y la textura evoquen resonancias emocionales y simbólicas. Me interesa lo mínimo,
    lo que habita en los márgenes de lo visible, aquello que, por su sutileza o fugacidad, suele pasar desapercibido.

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