Lo grecolatino y el mito de occidente
Por FERNANDO VILLAMIZAR
«Plus ultra» fue, durante muchos siglos, una expresión que ponía de relieve la expansión del imperio español. Hércules, según el mito, había colocado dos pilares tras Gibraltar, el punto último del horizonte de la tierra más allá del cual, en definitiva, no existía nada más. Aquella frase latina, que significa «más allá», era una jactanciosa forma de declarar el protagonismo hispano en la era de los descubrimientos.
La palabra «occidente», si es que se la presume más allá de su condición geográfica, está asociada a la fertilidad cultural, histórica, política y —sobre todo— territorial del Imperio español. Al descubrir América y abrir el mapa del Atlántico, la ruta de la seda y el comercio con el mundo, aunque no dejaron de existir —pese a que los turcos la habían bloqueado, temporalmente, tras tomar Constantinopla—, sí se vieron severamente afectados. Una vez descubierta, los tránsitos comerciales, que involucraban metales primero y productos agrícolas después, sufrieron alteraciones notorias que brindaron mayor peso a la geografía al occidente del mapamundi, y como «Indias occidentales» fue bautizado el nuevo personaje de la cartografía europea.
En la actualidad, «occidente» es una expresión empleada para describir, en lugar de una realidad geográfica, una cultural y política. Al contenido de lo occidental se le aparejan, por un lado, la presencia de raíces cristianas; por otro, el legado griego y romano. Así, siguiendo una arbitraria manera de denominación, «occidente» incluye a países geográficamente occidentales, como Estados Unidos, pero también a orientales, como Australia.
Más allá de lo geográfico, existen razones para revisitar los criterios sobre los que estas ideas se fundamentan. Al soberbio relato de lo occidental se le opone, primero, que el cristianismo no es una religión de origen europeo, sino asiático, y segundo, que lo «grecolatino» es una idea algo débil.
Según la convención general, hay un conjunto de razonamientos compartidos entre los griegos y los romanos, pues hubo una dilatada y compleja influencia ejercida por los primeros sobre los segundos. Sin embargo, y junto a la expansión romana, o quizá paralela a esta, hubo también un importante ensanchamiento de la filosofía, artes y cultura griega en todo el litoral mediterráneo, y si bien presumimos que existe lo grecolatino, no hay, en cambio, lo grecojudío —donde podrían incluirse a pensadores de la talla de Filón—, lo grecoegipcio, lo grecoibérico, etcétera. Eso por no mencionar que lo griego, y lo romano junto a él, es en realidad una compleja mixtura de aprendizajes, intercambios y condicionamientos de muy diversa procedencia, entre las que destaca la asiática.
Los griegos, que se extendían desde Anatolia hasta Siracusa, habían heredado un importante patrimonio intelectual de los micenos, cuya cultura germinó al calor de la cuna del viejo mundo: Mesopotamia. En general, la cultura griega tuvo más que ver con Asia, a cuyo territorio se expandió el imperio de Alejandro Magno y donde, aún hoy, sobreviven numerosas piezas de arte grecobudista, que con estados como el romano. Dado que los micenos provenían geográficamente de las actuales Irán y Armenia, no es de extrañar que los helenos desarrollaran su sistema alfabético a partir de los fenicios, quienes también tenían una procedencia asiática.
Si bien es cierto que la abstracción denominada «occidente» tiene, en verdad, una importante presencia de elementos griegos y romanos, resulta importante subrayar que en muchas ocasiones, los sistemas de clasificación pueden acompañarse de errores, o juicios cuestionables.
La idea de lo grecolatino, uno de los sustentos de lo occidental, puede fragilizarse ante estos dilemas. Y el cristianismo, que —como lo griego— es de origen asiático, no parece brindar suficiente sustento para fundamentar la idea de «occidente». ¿Puede sobrevivir esta noción a una indagatoria pormenorizada?
Autor
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Fernando Villamizar nace en Venezuela el 14 de abril de 1994.
Estudia Comunicación Social en la Universidad Católica Santa Rosa.
Obtiene mención con su tesis “Una década de violencia en El Junquito”
UE Juan Vicente Bolívar.
Profesor en luderp-Instituto Universitario de Relaciones.
Publica como editor los libros:
“Viaje del alma” de Moraima Monzón en el año 2022.
“Sueños mortíferos” de Chris Navarrete en el año2022.
Ilustrador del libro “Palabras en juego” de Gustavo López en el año
2022.
Trabaja como Social Media en el IG de la editora Marina Araujo (@marina.editora)
