Músico, poeta y…, rey David
Por JORGE SAGRERA
David, el ungido y el caído. El que, con su música, calmaba los demonios de otros, no pudo silenciar los suyos. Dios le dio palabras y notas. De las cuerdas de su arpa nació la luz; de sus manos, la sombra. En él late la belleza rota, el salmo imperfecto de ser humano.
«David con la cabeza de Goliat», Caravaggio
“Juzga este caso: Había en una ciudad dos hombres,
el uno rico y el otro pobre.
El rico tenía muchas ovejas y muchas vacas
y el pobre no tenía más que una pequeña oveja,
que había comprado y criado,
con él y con sus hijos había crecido juntamente,
comiendo de su pan y bebiendo de su vaso
y durmiendo en su seno,
y era para él como una hija.
Llegó un viajero a casa del rico,
y éste, no queriendo tocar a sus ovejas
ni a sus bueyes para dar de comer al viajero,
tomó la pequeña oveja del pobre y se la sirvió al huésped”.
David se puso de pie de un salto y, encolerizado, exclamó:
“¡Vive Yahvé que el que tal cosa hizo es digno de muerte
y que ha de pagar la oveja cuatro veces
por haber obrando sin compasión!”
2ª Samuel 12, 1-6
«El arrepentiemiento de Rey David». Luca Giordano
Dios, entre otras gracias, le entrega a David las palabras y las notas musicales. Su propio nombre permite un juego, un caos de letras, que atrae, como un agujero negro, la palabra “Dádiva”.
El Supremo Tramoyista (en esta acepción, claro: ‘Persona que inventa, construye o dirige tramoyas de teatro’) le proporcionó papiros, cálamos y tintas; arpas y liras. En este gran teatro, habitan —es ley cósmica—, todos los sones, graves y agudos; todas las palabras, las nombradas y las que aún esperan en la antesala del Paraíso.
Si David se escribiera a sí mismo, ¿cómo lo abordaría? ¿Escribiría Puestos y oPuestos? Si diera forma a un poema, ¿qué veríamos de él en esos versos? ¿Dejaría entrever las tensiones entre el blanco y el negro?
El rey David era poeta, y músico: tocaba, entre otros, el arpa y la lira. Era un gran Guerrero también. Es el rey más conocido de la Biblia. Gobernó desde 1055 hasta 1015 a.C. Encontramos su historia en los libros 1 y 2 de Samuel.
En uno de sus poemas más conocidos, el Salmo 23, compara a Dios con un pastor.
El Señor es mi pastor;
nada me falta.
En verdes praderas me hace descansar,
a las aguas tranquilas me conduce,
y repara mis fuerzas
[…]
Aunque pase por el más oscuro de los valles,
no temeré peligro alguno,
porque tú, Señor, estás conmigo;
tu vara y tu bastón me inspiran confianza.
Me has preparado un banquete
ante los ojos de mis enemigos;
has vertido perfume en mi cabeza,
y has llenado mi copa.
David era un músico brillante. Siendo aún joven, el rey Saúl lo invitó a servirle como instrumentista.
Fue más o menos así: Saúl ordenó que buscaran a David para que tocara el arpa ante él, de modo que sintiera alivio y se librara de las aflicciones que lo aquejaban. David así lo hacía y tanto agradaba al rey, que este pidió a Isaí, el padre de David, que lo dejara ir a servirlo como su escudero y músico real.
Uno de los mayores logros de David, también de joven, fue derrotar al gigante Goliat (1 Samuel, 17). Diariamente, este filisteo enorme, desafiaba con arrogancia al ejército israelita. Y tenía con qué (Algunas fuentes dicen, medía, entre 2,06 y 2,97 metros de altura). Ningún soldado se atrevía a enfrentarse a la furia del semejante guerrero. Fue David quien lo bajó de un hondazo: una piedra le abrió, al gigante, un agujero exacto en el medio de la frente.
Pero vayamos, también, al fino sombreado natural que tiene esta historia: El episodio de David y Betsabé es uno de los relatos más dramáticos del Antiguo Testamento.
Cierta noche, en Jerusalén, el rey David paseaba por su azotea cuando vio a una hermosa mujer que se bañaba en las inmediaciones (2 Samuel 11:2). David preguntó a sus criados y le dijeron que era Betsabé, la esposa de Urías el hitita, uno de los valientes capitanes del ejército del rey (2 Samuel 23:39). David, recibió esa información, una información que podría obturar un ‘normal’ desenvolvimiento de los venideros hechos. De todas maneras, el rey (Para eso soy rey, se habrá justificado a sí mismo) hizo subir a Betsabé al palacio. Y se acostaron juntos. O yacieron juntos.
Tiempo después, la esposa del hitita notó que estaba embarazada (2 Samuel 11:5), y se lo informó a David.
La reacción del rey fue intentar ocultar este ‘accidente’. Entonces, ordenó que trajeran a Urías con la excusa de que informara qué estaba sucediendo en el campo de batalla. El guerrero se presentó ante el rey y comentó cómo estaban las cosas con los amonitas. David agradeció el reporte y, ‘ya que estaba ahí’, le concedió un permiso especial para que el capitán pudiera pasar la noche con su esposa.
Pensaba David que, así, podría encubrirse el embarazo. Al día siguiente el rey habrá preguntado: ¿Y?, ¿qué tal?, ¿todo bien? Bien, todo bien, le habrá dicho Urías. ¿Disfrutaste? Y acto seguido, el hitita le soltó que, de ninguna manera podía disfrutar de ese privilegio que le otorgaba el rey mientras sus hombres chocaban en el campo de batalla contra los amonitas (2 Samuel 11:9-11). Pero David insistió, y Urías mantuvo la misma postura en la siguiente noche.
Se hizo evidente que el ‘desliz’ de David y Betsabé no llegaría a encubrirse si las cosas iban tiradas por esos bueyes. David, por lo tanto, puso en marcha un segundo plan: ordenó a su jefe militar, Joab, que colocara a Urías en la primera línea de batalla y luego se apartaran de él, para dejarlo expuesto al ataque enemigo. Joab siguió la orden y, como no podía suceder de otra manera, el capitán del rey cayó en esa batalla.
David mandó a matar a Urías, el hitita, para quedarse con su mujer, Betsabé. De ahí viene el Hijo de Dios. Florece de ese linaje:
“Las multitudes que seguían a Jesús por delante y por detrás gritaban: ‘¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!’». (Mateo 21:9-15).
“¡Hosanna al hijo de David!”. De ahí viene la salvación para una de las más grandes devociones del mundo.
David: bello y feo. David: de frente despejada, y de ceño apretado. El de las perfectas melodías, y el de las desviaciones de los tonos correctos. Todo en uno. Todo en un ser humano.
Contemplar y meditar este misterio, es contemplar nuestro propio misterio, de luces y de sombras, de claridades y tinieblas.
Preguntas y respuestas, no vive una sin la otra, no muere la otra sin la una.
Autor
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Jorge Luis Sagrera nació en San Pedro, Buenos Aires, Argentina. Es Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Rosario.
Escribe cuentos, novelas, poesías, guiones de cine, ensayos y géneros periodísticos. Es coaching literario y dicta talleres de escritura creativa desde hace treinta años. Es director del sello Arenz & Antich, Editores, y cofundador de Despunte, una revista digital de Arte y Literatura contemporánea.
Su novela El talón de Esaú, obtuvo el primer premio del Fondo Nacional de las Artes, su libro de cuentos, El ojo del ciclón, consiguió una mención en el mismo organismo.
Malvinas 1982-1998, cuyo guion documental escribió, alcanzó el Primer Puesto en la categoría 3 de los Premios ATVC (Asociación Argentina de televisión por cable).
Su libro de poemas Poemas para Loli Dostoievski, ganó el Primer Premio en el IV Certamen Nacional e Internacional Ediciones El Escriba.
La novela Un saltamontes en Katmandú ha sido traducida al inglés (Grasshopping around Kathmandu) y, del mismo género, Regreso a la ca(u)sa del padre, al catalán (Tornada a la ca(u)sa del pare).
Lleva 24 libros publicados.
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