MUJER PAJARO PRIETO

Pedro Fonte

Tata Caldera dibujó la flecha de Yaya, de Rompehueso,
la que tenía de piedra su cabeza,
flecha a la derecha del fuego, a la izquierda del agua,
partiendo al sol en su pendencia con la oscuridad.
La flecha cazadora —la del pacto con el espíritu—
llevaba en el pensamiento a la mujer negra
que lo encontró borracho de agua.
Agua y tierra, como se llama al agua y a la tierra,
mirando por el ojo del muerto a su cara.

Esperaba para ofrecerle su tentación:
fumó sobre sus labios mientras los grillos llovían de los árboles,
rompiendo su promesa de silencio, descubriendo sus tetas.
La mujer negra salió del barracón,
entregada a Tata Caldera, atravesó el camino:
la plantación de caña, el grito de los perros,
sus pies desafiando la oscuridad.

Abrió las piernas sembradas de cruces,
vasija improvisada, tinaja ancestral.
Tata Caldera tocó su piel —apenas un roce—
y la vio estremecerse, empapada de sudor.
La flecha tenía brazos de hombre, cabeza de hombre,
un punto de llegada.
A sus pies, Tata Caldera se unió a la mujer negra:
la flecha la atravesó como estaba dicho,
como quería el Palo Vencedor.

Tocó la tinaja tallada en ese disfraz,
avanzó para saber. Consolada por la noche,
comenzó a gemir bajo el Mpungo.
Flecha ondulada por el tiempo adelante,
corría hacia el espacio como si alguien le avisara.
Todo lo que sabía de magia se convirtió en firma:
indicaba el río, y tras el río,
el lugar donde los perros no la hallarían.

¡Debía correr! El pacto estaba hecho:
los Ndundus bebieron aguardiente,
fueron los primeros en salir de la prenda, espíritus de tierra,
muertos callados con ojos de palo.
Poseída de hechizo, buscó las manos de Tata Caldera,
se refugió junto al muerto que la encontró —un Nfumbi—,
muerto en el mundo de los vivos que venía a ella
en la noche negrísima, cómplice.

Se agitó la serpiente; el grillo fue silenciado.
De ese mutismo nació la flecha que volvió a la mujer negra,
al inmenso guardián del universo transformado en bejuco.
Tata Caldera la escoltaría: llevaba sus muertos apretados al cuello.
Besó sus tetas, escupió aguardiente en el hueco de su ombligo
—vivo y muerto en lengua de lagartija—.
Sopló a su oído: «Estoy en tu vientre,
 círculos y cruces inquietas por la oscuridad».

Eran cosas de la noche, cosas sin nombre
metidas en su piel como cruces proféticas:
muertos oscuros, muertos trabajadores esperando la orden.
Prisionera de la leche del caimito, de la dureza del cedro,
se impregnó del humo del tabaco —aliado de la muerte—.
Tata Caldera volvió a tocarla,
regresó a ella una y otra vez, como queriendo consumirla.

Hervía el agua en su vasija-tinaja
mientras subía entre sus muslos espíritus oscuros,
Ndokis atrapados entre dimensiones:
ojos de sapo toro, lengua de maja, bicho de caballo.
La bañaron de susurros; ella atraía a sus muertos,
antepasados en cuartos oscuros, muertos ansiosos.
Tata Caldera se apartó de la tentación,
huyó del mundo de las hierbas.

La excitación recorrió la oscuridad,
volvió a los resguardos, desafiando al muerto
que inspeccionaba a los muertos malos.
El Nfumbi dejó en ella el mensaje de la huida:
una flecha adornando el río, el río más allá de los perros.
Tata Caldera atravesó el burel donde el dios del maíz
hacía la tortilla, vestido de ramas y grillos.

Preparó la huida: la mujer bañada de leche cortante,
de renegar en el corte de caña,
dejaba atrás a la mujer fija, a la mujer llorosa,
trampa como molleja roja de boca abierta.
¡Maldijo su condición de mujer negra, presa!
Tata Caldera siguió allí, usando sus piernas para correr,
sus ojos para abrazar el dibujo de flecha y pólvora.

La costumbre la atrapaba —mujer convertida en bestia—,
todo lo que sus espíritus desprendían.
Volvió a verse hembra, animada por la culebra:
pujaba, bajaba, avanzaba contra su abdomen
sin temor a la magia de la flecha.
Un trozo de madera extendida, entidad en crecimiento,
incumbía hacer brotar ceros y cruces.

Miró a la noche —noche del Gran Tata Guardián—,
caldera gigante nacida por la magia,
noche del dios de maíz doblado por el peso de sus muertos,
noche del primer Tata, del Tata Sanguinem.
La que vino a sangrar debía huir.
¡
Salvarse!

Autor

  • Pedro Fonte González. (Pinar del rio, Cuba 1965). Narrador, poeta y crítico. Médico de profesión. Escritor para niños. Es miembro de la filial artemiseña de la UNEAC. Recibió en 2004 el Premio “La rosa blanca” al mejor libro infantil con el libro Cuentos de Balbina dedos de palo. En 2005 obtuvo nuevamente dicho premio, pero con el volumen Muna. En 2009 la Editorial Cauce saca a la luz Los buscadores de chicharras, premio UNEAC y en 2016 Unicornio le publica Bubu. El adivino de Oduduwa. Tiene su primer libro de poesía para adultos bajo el sello de la Editorial Unicornio: Nadie Puede Matar a un Muerto y la novela La Línea.Pedro Fonte González. (Pinar del rio, Cuba 1965). Narrador, poeta y crítico. Médico de profesión. Escritor para niños. Es miembro de la filial artemiseña de la UNEAC. Recibió en 2004 el Premio “La rosa blanca” al mejor libro infantil con el libro Cuentos de Balbina dedos de palo. En 2005 obtuvo nuevamente dicho premio, pero con el volumen Muna. En 2009 la Editorial Cauce saca a la luz Los buscadores de chicharras, premio UNEAC y en 2016 Unicornio le publica Bubu. El adivino de Oduduwa. Tiene su primer libro de poesía para adultos bajo el sello de la Editorial Unicornio: Nadie Puede Matar a un Muerto y la novela La Línea.

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