La condición humana: sombras y sentido en tres escritores existencialistas
Por Liliana Edith Rodríguez
Del subsuelo al túnel, de la peste al espejo: tres novelas donde la angustia, la fe y la libertad se enfrentan sin maquillaje. Dostoievski, Sábato y Camus dialogan con nuestras propias sombras y nos obligan a preguntarnos qué hacemos con ellas.
El existencialismo fue una de las principales escuelas filosóficas que se desarrollaron fundamentalmente a fines del siglo XIX y en el siglo XX. En una época histórica de cambios vertiginosos y sufrimientos, a raíz de las guerras mundiales, se plantean temáticas profundas como la existencia de Dios o “su muerte”, el libre albedrío, el sentido de la vida o la nada. Hubo distintas corrientes de tipo cristiano, ateo y agnóstico con representantes reconocidos como Blaise Pascal, Dostoyevski, Soren Kierkegaard, Albert Camus, Friedrich Nietzche, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvouir y otros.
Esta filosofía se revela asimismo en una riquísima producción literaria de escritores como Herman Hesse, Franz Kafka, Fredor Dotosyevski, Rainer María Rilke, Thomas Mann, Miguel de Unamuno, Juan Carlos Onetti y Ernesto Sábato en Argentina.
En textos de tres de estos autores, quedan expuestos interrogantes y conflictos que atraviesan el corazón del hombre de todos los tiempos: ¿quién soy? ¿cómo conocerme a mí mismo?, la posibilidad de ser feliz en esta tierra, el desafío exigente de la comunicación humana, los estados de angustia y desesperación, la fe. Enfrentada cada generación a distintos contextos culturales, o sucesos políticos o ambientales que adquieren una fuerza poderosa, ya que confrontan al hombre permanentemente con la posibilidad de lograr o no la felicidad abriéndose camino entre los condicionamientos que se le imponen.
"El Hombre del Subsuelo " de Fedor Dostoievski
En El hombre del subsuelo, de Fedor Dostoievsky, (publicada en 1864), el protagonista decide encerrarse en un sótano donde transcurrirán 20 años de su vida. La reclusión física representa el encierro dentro de su propia mente y espíritu atormentados y desde ese centro analiza permanentemente su propia vida, sucesos de su historia personal y modos de la sociedad a la que pertenece.
“Soy esencialmente malo, pero no…”, “No he podido ser ni un insecto”, “mi estado normal era ese vicio ¨ (de ser contradictorio, pensaba de un modo bueno, y actuaba del modo contrario, como venganza a lo que suponía pensaban de él)… “y perdí todo deseo de luchar”, “aunque tuvieras el tiempo y la fe necesarios para ello, no querrías convertirte en otro hombre. Por otra parte, aunque quisieras cambiar, no podrías. ¿En qué otra cosa te transformarías? ¡Quizá no hay ninguna!» Una muralla imaginaria se había levantado entre él y los otros seres humanos. No queda más que “sumergirnos, en silencio, pero rechinando los dientes con voluptuosidad, en la inercia, sin dejar de pensar que ni siquiera podemos rebelarnos contra nadie, porque, en suma, ¡no tenemos enfrente a nadie! ¡Y nunca lo tendremos, porque todo es una farsa, un engaño, un galimatías! No sabemos «qué» ni «quién», pero, a pesar de todos esos engaños y de toda nuestra ignorancia, sufrimos…” (Cap. III) Hay una muralla, un muro que no puede traspasar. “¿cómo puedo conseguir yo esta tranquilidad de espíritu? ¿Dónde puedo hallar los principios fundamentales sobre los que levantar mi edificio? ¿Dónde está mi base, adónde puedo ir a buscarla?” (Cap. V).
Así se expresa el hombre que se busca a sí mismo, pero no encuentra la paz. Es inteligente y tiene plena conciencia de sus facultades, de sus debilidades y miserias, de sus intentos positivos de establecer puentes hacia los otros y su permanente frustración; tiene además conocimiento de la complejidad del corazón humano, de la versatilidad del hombre que dice buscar el bien, pero obra el mal a favor de sus intereses personales; ha tenido experiencia personal de la hipocresía y de los prejuicios por diferencia de clases. Es un espejo de la necesidad que tenemos de un autoconocimiento veraz, de la sed de ser aceptados y queridos, y de la imposibilidad de basar en esos afectos nuestra seguridad personal. El personaje no lo logra, termina rompiendo los únicos vínculos cercanos que ha logrado construir. Hay dolor, hay angustia, hay impotencia, el dolor de no ser. Reflexión que seguirá creciendo en la literatura de Dostoievsky en la expresión de otros personajes.
"El Túnel" de Ernesto Sabato
Una realidad similar se da en Juan Pablo Castel, personaje central de El Túnel, de Ernesto Sábato, (novela publicada en 1948). Se pone nuevamente en el foco de la reflexión la necesidad insaciable de ser felices, el dolor y la lucha que significa simplemente vivir, y el otro como complemento o como tabla de salvación. Cuando encuentra a la mujer que despertará su pasión y también su tragedia, dirá: “sintió mi ansiedad, mi necesidad de comunión… casi me ofrece un puente…”. Pero Castel no logra salir del fondo de sus susceptibilidades, desconfianzas, constataciones de las miserias propias y ajenas, –“es una comedia inútil la vida”-, y terminará justificando el asesinato que comete. ¿Cómo salir a la luz cuando estamos en el túnel?, ¿cómo defendernos de nuestro propio pesimismo y negatividad?, nos preguntamos.
"La Peste" de Albert Camus
En La Peste, de Albert Camus, (publicada en 1947), se plantean diferentes interrogantes muy cercanos a nosotros. ¿La práctica de una religión nos aleja de la realidad? ¿La fe es un apoyo para la vida? ¿La fe en la trascendencia nos salva de los dolores de la existencia humana? ¿La moral personal depende de normas religiosas o de la propia naturaleza humana inclinada al bien o al mal?, ¿qué significado tiene para cada uno la muerte?
El doctor Bernard Rieux es un personaje que se nos va haciendo querible a medida que avanza la acción. No declama principios, vive y habla con sus acciones. Su posición es agnóstica y clara: cuando le preguntan si cree en Dios, dirá: “si Dios existiera le dejaría a Él la solución “¿No es cierto, puesto que el orden del mundo está regido por la muerte, que acaso es mejor para Dios que no crea uno en él y que luche con todas sus fuerzas contra la muerte, sin levantar los ojos al cielo donde Él está callado?”; cuando se le endilga “usted vive en la abstracción”, responde “no, vivo en la evidencia”.
El sacerdote Paneloux, en casi todo el desarrollo de la acción, encarna la visión conservadora, moralista y absoluta de una religión alejada de la misericordia: la peste es un castigo de Dios ante la soberbia humana; hay que pedir perdón, aceptar la tragedia como penitencia y ponerse de rodillas. Hasta que los horrores de la tragedia lo conmueven y junto a otros arrodilla el alma y se une a los equipos de ayuda.
Otros personajes se debaten entre quedarse encerrados en sí mismos o hacerse parte de la lucha contra la peste que abate la ciudad. Leer esta novela en la actualidad, remueve en nosotros el confinamiento, las angustias, las separaciones, la búsqueda inútil de culpables en nuestra época de pandemia. Los límites que se cierran en las casas, en la ciudad, entre las personas, se convierten en un estado de presión continua que revela nuestra forma de ser: solidarios o egoístas, confiados, valientes o cobardes, desasidos totalmente de nosotros mismos o individualistas. Camus devela asimismo el tema de la libertad: la imposibilidad de hacer algo ante situaciones trágicas, o la oportunidad de resistir a lo adverso y luchar.
Conclusión
Finalmente, la tragedia, el dolor, las necesidades de los otros, va haciendo prevalecer la solidaridad, el compromiso y la comunión. Un símbolo de que, en una sociedad fría, apática, rutinaria, como la imaginaria Orán, el horror puede hacer trascender la soledad y convertirnos en seres más humanos.
Nada nos es ajeno a los pensamientos y sentimientos propios de esta corriente filosófica y literaria. Todos hemos atravesado algún túnel de angustia, desesperanza y dolor.
Soy creyente en el Dios de los cristianos. Valoro la libertad como un don que nos fue dado y que nos lleva a realizarnos como seres humanos plenos o a la autodestrucción. Pero sufro en la piel ¡cuánto cuesta ser libre!
Autor
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Liliana Edith Rodríguez, profesora en Humanidades con especialidad en Letras, egresada de la Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca, año 1978. Me desempeñé durante 28 años como profesora en escuelas secundarias y de adultos, con el gozo de hacer una tarea con vocación agradeciendo la posibilidad que da la literatura para tender puentes entre la voz de los autores y la vida de los adolescentes. Pertenezco a un Movimiento cristiano en el que, junto a sacerdotes, hermanas consagradas, jóvenes y familias, nos empeñamos en recorrer un camino de autoconocimiento y vinculación con los otros, que nos lleve a ser personas plenas al servicio del hombre y de la sociedad,
